Ser inútil

Morir no está tan mal. Uno pasa toda la vida acongojado por la muerte y cuando llega el momento se da cuenta de que era peor, mucho peor, todo lo anterior. En mi caso también es peor todo lo que ha ocurrido más tarde. Pero morir, lo que se dice morir, pasa rápido y puede, incluso, ser apacible.

Yo morí, morí hace ya unos días, morí asesinado. Me asesinó la enfermera del turno de noche, no sé muy bien cómo, creo que asfixiándome con la almohada. Recuerdo que la escuché decir con mucha amabilidad, como se le habla a los impedidos, algo así: «ya verás como en un suspiro estás descansando». Y luego sentí una tela en el paladar.

Creo que era una tela. Pasé unos segundos de angustia pero duraron eso, unos segundos. No recuerdo si pataleé o si tuve convulsiones, sólo una sensación de asfixiante calidez en la cara y aquél trozo de tela pegado al paladar –eso sí fue desagradable–. Pero todo terminó en un suspiro o dos y luego hubo paz, la nada más absoluta, el vacío. Aunque antes de irme volví a escuchar la voz amable, almibarada, de la nocturna enfermera que me había asesinado tan bien. «¿Lo ves? Ya estás muertito. Ahora a descansar». Y a eso me dispuse.

Qué lata la vida. Cuando uno muere se da cuenta de que todo ese empeño en vivir es absolutamente innecesario. El inagotable esfuerzo por ganar un sueldo, progresar, mantener a una familia y ser útil a la sociedad son conceptos muy convenientes para el bien común, para el bien, dígamos, de la Humanidad, pero también son conceptos absolutamente absurdos. Uno tiene ideas muy revolucionarias cuando muere, ideas que si fueran miradas harían palidecer al mismo Diablo, ideas que le permitirían a uno mantener la mirada al mismísimo abismo y decirle: «ya no te temo, ahí te quedas».

Cuando uno muere todas estas ideas le vienen a la cabeza muy pronto, creo, aunque no estoy seguro porque el tiempo aquí es muy laxo. Como no existe la necesidad de cenar a una hora determinada o subir al autobús de las ocho y treinta y cinco para llegar puntual a la oficina, las cosas fluyen de otro modo, de un modo mas caribeño. La muerte, pensé poco después de que la enfermera del turno de noche me hiciera el favor de traspasarme, es como un gran Caribe en el que uno puede tumbarse a descansar.

Vivir es, francamente, agotador. Aunque mi vida llegó a ser confortablemente rutinaria recuerdo que en mi juventud tuve que esforzarme mucho para terminar la carrera de Derecho y la Ingeniería; y todavía más para salir exitoso del examen que me cualificó como Agente de la Propiedad Industrial. Se ha escrito mucho sobre el infierno, pero las largas horas dedicadas a desentrañar los gruesos tomos de Derecho –especialmente Penal– y los Principios de la Termodinámica me dejaron en peor estado que una eternidad en las calderas de Pedro Botero. Calderas que, por otro lado, no existen: aquí no existe nada de nada.

Los años de Universidad me dejaron en un estado mental pésimo, ahora lo veo, en un estado mental que sólo me permitía pensar en términos de utilidad: deshechaba las aficiones más fútiles como por ejemplo la poesía, el alegre fornicio o el cine y me aferraba a los estudios y a todo tipo de trucos mnemotécnicos que me permitieron ser la persona más joven de España en obtener el título de Agente de la Propiedad Industrial. Qué tiempos más grises, lo veo ahora desde este Caribe colorido: el agua es amarilla y los árboles de un tono rosado. La muerte es un Caribe daltónico.

Después de la segunda Piña Colada, la primera me ha durado una eternidad, me di cuenta de que mi vida fue un pozo sin fondo de utilidad y que quizá por eso, ahora que tengo la perspectiva de un muertito, me molestó la iniciativa de mi viuda, Mariola, y de mi hijo, Estevet, de donar mi cuerpo a la ciencia.

«Esteban siempre quiso ser útil», escuché decir a Mariola mientras estaba tumbado en esta ociosa tumbona que lleva mi nombre.

En ese momento, sin saber muy bien cómo, me convertí en un fantasma y fui a ver qué narices estaba pasando en el Valle de Lágrimas que es el mundo de los vivos y, concretamente, la habitación en la que fui asesinado con tanta amabilidad y cariño. En la habitación, Mariola sollozaba mientras sostenía la mano de nuestro hijo, siempre tan correcto, hijo único ideal que ni siquiera me decepcionó una vez, el muy cobarde.

— ¿Tú que piensas Estevet? ¿Hubiera querido tu padre seguir siendo útil a la humanidad? —le peguntó Mariola al compuesto de nuestro hijo.

— Desde luego, madre —dijo él.

Y así, sin consultarme, sin respetar mi nueva vocación de ser inútil y disfrutar de la nada del Caribe y de estas Piña Coladas eternas, Mariola y Estevet firmaron la donación de mi cuerpo.

Aquella fue la primera vez que me manifesté y que manifesté mi enfado. Aunque nadie se dió cuenta del golpe que di sobre la mesa plegable en la que servían la penosa comida del hospital, yo lo di. Lo di con fuerza y parte de mi ectoplasma se quedó trabado entre la melamina y el contrachapado, lo que resultó más angustiante que el gracioso asesinato al que me habían sometido, porque nada me prepocupaba más que quedarme atado al mundo físico y no poder regresar a mi Caribe mortal. Y nadie se dió cuenta, pero el vaso de plástico; cuya patente habíamos registrado en nuestra oficina, por cierto; tembló y vertió algo del agua que contenía y, al verlo, la enfermera que llevaba los papeles de la dación retiró la mesa y liberó, sin quererlo, mi mano de la melamina. «La próxima vez aúllaré, aullaré como hacen los verdaderos fantasmas y me dejaré de golpear la realidad», me dije.

— Qué frío hace de repente, ¿verdad Estevet?

— Desde luego, madre —respondió el momio de nuestro hijo, hecho tan a semejanza mía que asustaba, me asustaba incluso a mí, al fantasma de su padre.

En ese momento, me esfumé.

El funeral me pilló bailando una cumbia peruana con Margaret Tatcher, mujer a la que admiré en vida por su determinación y mano férrea y de la que ignoré casi todo a nivel político. Bailábamos, si no recuerdo mal, una cumbia muy animada titulada Cariñito, que interpretaban Los Hijos del Sol. Justo cuando los coros cantan aquello de «nunca, pero nunca, me abandondes cariñito», la Tatcher me susurró algo al oído.

— ¿Cómo?

— Creo que por fin te están abandonando a tu suerte: es tu funeral.

La fantasma de la Tatcher es una grandísima bailarina, pero me pudo más la curiosidad y regresé de nuevo al Valle de Lágrimas.

Allí estaban todos: Mariola, Estevet, algunos sobrinos de Figueres, Paco, propietario del bar de debajo de la oficina, y Marcial, uno de mis mejores clientes, aquel hombre con aspecto de Einstein que se hacía pasar por inventor pero que era, en realidad, un rentista que acudía a registrar majaderías cada dos por tres, inventos inútiles y, de hecho, imposibes de registrar precisamente por eso, por su inutilidad.

Recordé la ocasión en que le pregunté a Marcial por qué insistía en su empeño, por qué narices trataba, no menos de dos veces por semana, de registrar inventos que eran a todos luces inútiles.

— Ser inútil es verdaderamente revolucionario. Y yo, ya sabe don Esteban, soy un loco detractor del sistema.

En aquella ocasión me dije que loco sí estaba, loco como una cabra, insistí en mi discurso interno, pero también me dije que no parecía un antisistema, que un rentista jugaba, de hecho, a favor del sistema, y que sacar rentabilidad a sus fincas del Eixample era lo menos antisistema que uno podía imaginar, pero que no iba a ser yo quien se lo dijera porque pagaba religiosamente sus patentes, tuvieran éxito o no, y porque era, de lejos, el mejor cliente de la oficina.

— Desde luego, Marcial —le dije en vida—, ser inútil es revolucionario.

No pude reprimir una carcajada en ese momento y creo que, menos el memo de mi hijo, todos se dieron cuenta, porque miraron hacia donde yo estaba y Paco mostró un pavor pavoroso, tanto que pensé que me había hecho visible. Y desaparecí.

Cuando regresé a mi playa daltónica, la Tatcher estaba bailando el Rico Rica Cha de Tito Rodríguez con un caribeño de sonrisa amplia e insondable.

— El que va a Sevilla pierde su silla —me dijo la Tatcher. Y rió con una risa infernal, tan tenebrosa como todos los tomos de Derecho Penal del mundo.

La risa de la Tatcher me molestó profundamente. Así que regresé a dónde mejor me encuentro, a la tumbona que lleva mi nombre, donde las Piñas Coladas duran una eternidad o un suspiro de muertito, según se mire, y allí me pegué un lingotazo o dos.

Estaba dispuesto a no hacer nada, pero cuando ya estaba descansando en paz y a punto de olvidar la pegadiza letra del Rico Rica Cha –“los marcianos llegaron ya, y llegaron bailando el Rica Chá”– escuché la voz de Mariola y me vi impelido a volver a manifestarme en el Valle de Lágrimas, a la Sevilla donde uno pierde la silla o la perezosa tumbona.

Aparecí con mi forma espectral más transparente en la estancia que, durante décadas, había sido mi dormitorio. Ahí estaba Mariola, tristísima, llorando como una madalena, con el momio de mi hijo a su lado, vestido ya con el pijama y consolándola.

— ¡Ay, Esteban! ¡Ay! —se lamentaba Mariola— ¿Por qué te has ido tan temprano?

— Desde luego, madre. Qué temprano se ha ido papá —concedió el momio—. Pero por lo menos seguirá siendo útil a la Ciencia.

Cuando escuché las palabras de Estevet, algo se alteró en mi ectoplasma, o quizá sucediera por efecto de las Piñas Coladas, llevaba ya cuatro o cinco desde que había muerto y empezaba a ver elefantes rosas voladores, una visión pavorosa. El caso es que algo ocurrió y yo empecé a brillar. Y fueran las Piñas Coladas o mi enfado, me aparecí ante mi escueta familia.

Jamás olvidaré las caras de Mariola y de Estevet, su expresión aterrada, se quedaron tan tiesos que parecían más difuntos que yo y me vi obligado, claro, a romper el hielo.

— ¿Tanto he cambiado que ahora os aterro? ¿Acaso parezco un marciano bailando el chachachá?

Mariola y Estevet estaban petrificados. Con los ojos como platos, ella, y balbuceando sin emitir sonido alguno, él. Viendo el panorama, proseguí.

— ¡Me parece de muy mal gusto que hayáis donado mi cuerpo a la ciencia! Porque, ¿sabéis qué? La obsesión por ser útiles es una cosa muy de los vivos y yo estoy muertito. Y los muertitos somos revolucionarios e inútiles. —Y viendo que no serían capaces de salir de su hieratismo egipcio, rematé mis palabras apuntando con el dedo a Estevet —Inútiles como tú, hijo mío. Inútiles como un momio.

Creo que me esfumé dejando suspendida una carcajada muy tétrica, parecida a la que profirió la Tatcher cuando me dió plantón durante el baile. Creo que la carcajada rebotó de una pared a otra durante un buen rato, por encima de las cabezas de Mariola y Estevet, hasta extinguirse en sus oídos. Pero sólo lo creo, no lo sé. No lo sé porque aquí no sabemos nada ni tenemos intención de saberlo. Porque somos inútiles y el saber, aunque al igual que nosotros no ocupa lugar, sí que ocupa tiempo y resulta útil. Y lo útil es una vulgaridad, una grosería tan al alcance de los vivos, tan poco digna del Caribe daltónico de los muertitos, que aquí nos negamos a saber nada, ni siquiera si nuestras carcajadas cumbieras rebotan por el Universo hasta el fin de los días, si es que el fin de los días existe, esperemos que no, porque entonces se acabarían las Piñas Coladas y una cosa es morir asesinado mientras uno duerme y otra, muy distinta y mucho peor, es quedarse seco. Seco como la mojama. Seco como un momio.

Erik Satie En Montcada i Reixach

Estoy casi seguro, no diré que estoy seguro por completo porque no suelo hacer afirmaciones categóricas, de que Erik Satie jamás estuvo en Montcada i Reixac, ni en La Llagosta ni en ninguno de los pueblos del cinturón de óxido que rodea Barcelona.

Esta certeza, casi absoluta, me sobrevino cuando escuchaba La Gnossiene Número Tres, la más andalusí de sus composiciones, creo yo. Fueron los aires andalusís de la melodía, lenta y patética como las otras dos Gnossienes, tal vez más conocidas, lo que me hizo levantar la vista del libro que estaba leyendo y mirar por la ventana. La fealdad de la fábrica que había al otro lado y aquella palabra en la boca de la chimenea, ahí arriba, me convencieron de que Erik Satie jamás había pisado Montcada ni ningún otro pueblo de los alrededores.

Cicloturbo, leí en la chimenea.

Cicloturbo. Leí esa palabra por primera vez y nada sabía sobre ella. Ignoro, todavía, su significado, tan sólo intuyo, como intuí entonces, que algo a lo que pueda aplicarse la palabra cicloturbo debe tener cualidades de gran velocidad y potencia. Todo lo contrario a las Gnossienes y, en general, a la obra de Satie, que si se caracteriza por algo es por su ligereza, por su capacidad de habitar en el vacío sin apenas ocuparlo.

Además de darme cuenta de que ignoraba el significado de cicloturbo, también me di cuenta de que ignoraba dónde estaba, de que me había equivocado de autobús. Ese no era el autobús que cogía todas las mañanas para ir a Barcelona, era otro, y me estaba llevando por un polígono industrial más bien feo y desapacible. Los polígonos industriales, pensé, nunca son cálidos y acogedores. Por lo menos no lo son en el área metropolitana de Barcelona. Y, desde luego, nada tienen que ver con Erik Satie, son lo opuesto a la sutileza de su música y ocupan mucho espacio, todo el espacio entre el límite de Barcelona y los campos y los bosques que preceden a poblaciones como la mía. Por ahí, por mi pueblo, quizá sí hubiera podido aparecer Erik Satie.

Poco después de leer la palabra cicloturbo llegamos a una de las paradas del autobús de línea. Intenté leer en la marquesina dónde nos encontrábamos pero no fui capaz. Lo que sí pude leer es el nombre del bar frente al que nos habíamos detenido: La Parada. Una obviedad, pensé. El pueblo era obvio y feo, como el polígono, nada que ver con la extraña y leve música de Satie, que encierra una belleza muy delicada, la belleza del rocío. Y el pueblo era feo, muy feo, y tremendamente obvio, pero a continuación del bar La Parada vi una pequeña casa con azulejos en la pared, una casa sencilla, la casa que dibujaría un niño si le pidieran que dibujara una casa. Era una casa extraña, porque era bella, no como el resto del pueblo, y porque parecía una diminuta casa normanda, de donde era Satie: una casa a dos aguas, con el techo de madera, una ventana a cada lado de la puerta y la fachada de un blanco sólo interrumpido por una cenefa de azulejos vitrificados, muy hermosos. La casita de al lado del bar La Parada no resultaba nada obvia, era una excepción en aquél paisaje hostil, feo y oxidado. Podría haber sido la casa de Satie, lo mismo que la casa que seguía a la pequeña casa normanda. La casa contigua era aún más pequeña pero de arquitectura dramática, era tan pequeña y tan dramática que parecía un panteón y no una casa, el panteón de una familia rica, y ocupaba un solar que le iba grande. Ahí estaba la casa, de tres naves, que bien podría haber sido la casa a la que entraron los amigos de Satie poco después de la defunción del compositor para descubrir una ingente colección de paraguas de la que nadie sabía nada, aunque algunos paraguas los había tomado prestados de sus amigos, esos mismos que entraban en su casa tras su muerte y que con toda seguridad los creían extraviados. Sus amigos, además, también encontraron la correspondencia de Satie sin abrir, la correspondencia intacta de toda una vida. Estaban sin abrir incluso algunas cartas que Satie había contestado, sus amigos lo sabían bien porque ellos habían enviado algunas de esas cartas y recibido respuesta.

El autobús avanzó y dejamos atrás la casita normanda y la casa panteón y yo me sentí algo agitado. Sentí, de pronto, la necesidad de levantarme y preguntarle al conductor si ese autobús se dirigía a Barcelona, a Granollers o a Normandía. Pero no pude. No pude porque se sentó a mi lado una mujer coja y con cara de pocos amigos, como le ocurre a todos los cojos que conozco, incluso a mí. Supongo que ambos nos miramos con una expresión poco amable, como el paisaje, que era terrible.

¿Era cierto aquello que estaba pasando? ¿Podía ocurrir que un día te levantas, coges el autobús para ir a trabajar y al cabo de unas horas te encuentras en Normandía junto a una coja con cara de pocos amigos?

La posibilidad me abrumó, porque aquél día yo tenía bastantes cosas que resolver en Barcelona y ninguna en Normandía. Por mucho que aprecie la música de Satie, de ninguna manera quería acabar en Normandía aquella mañana, y menos acompañado de aquella señora coja que no paraba de mirarme, aunque quise pensar que miraba por la ventana.

Me concentré en la música para intentar calmarme. ¿Y qué si el conductor se detenía en Honfleur en lugar de hacerlo en la Plaza Tetuán de Barcelona? Sonaba una de mis composiciones favoritas de Satie, Movimiento Perpetuo Número Tres, que con su alegre y agitado fraseo de piano me recuerda siempre al vuelo de las golondrinas y me conmina a salir volando por la ventana.

Pero la ventana estaba cerrada y la señora seguía mirando a través de ella, o a través de mí, el horrible paisaje y, en concreto, a una freiduría: Los Chocos.

Y estuve seguro, muy seguro, de que Satie jamás había comido ahí.

Clases de natación

El día que Donald Trump ganó las elecciones empecé a tomar clases de natación. Yo, que nunca había sentido apego por el agua, que siempre había mirado de reojo los bordes de la piscina, bordes que consideraba abismos resbaladizos, espejos que en lugar de devolver la imagen de uno muestran la nada más absoluta –la muerte, nunca supe nadar–, empecé las clases de natación ese día, el nueve de noviembre de 2016.

Me lancé a la piscina, en sentido literal y figurado, a las nueve y media de la mañana, después de dejar a los niños en el colegio. Salté al abismo agarrado a una tabla de porexpan azul, con moho en los bordes, de tacto frío y húmedo, el tacto de todo lo que pasa por unas instalaciones deportivas con piscina, esa calidad previa a la babosa que hace tan desagradable los polideportivos con zonas acuáticas, que siempre me han repelido y siempre me han hecho pensar en infecciones de la piel –he oído que hay quien se contagia de moluscos– y en hongos y pies de atleta.

Pero a pesar de todo empecé las clases de natación. Y lo hice precisamente porque yo rondaba los cuarenta y no estaba en forma y porque Donald Trump había ganado las elecciones presidenciales de Estados Unidos, que es como ganar los Mundiales, y se avecinaba una guerra, como la de 1914.

Entre el futuro abismo de la guerra y el abismo del borde de la piscina, me quedo con el segundo, pensé en el momento de saltar. Y salté, salté agarrado al pórex, tratando de describir una trayectoria elegante, de dejar en el aire una parábola que partía de la certeza y caía en una ausencia de aire y una profusión de cloro y moluscos esperando a adherirse a mi piel.

Pero salté. Y salté también porque no estaba físicamente bien y en un futuro en guerra, una guerra entre Estados Unidos y Rusia, por ejemplo, me convenía estar un poco bien para, quizás, poder aguantar una travesía por los Pirineos que me llevase de Portbou a Le Pertus, o una travesía más larga, desde Caldes de Montbui a Lugo, por ejemplo, donde mi esposa tiene familiares, granjeros, autosuficientes.

Salté y toda mi certidumbre era aquél rectángulo inestable y azul, rugoso, albergue de gérmenes, tan parecido a las predicciones electorales de los medios que, en general, habían augurado la victoria de Clinton. Y parecía que ella, me refiero a Clinton, estuviera al margen de la piscina, que estuviera fuera de ella, en tierra firme y segura, pero no. La realidad, testaruda como el agua sobre la roca, se había encargado de empujarla al charco, como se empuja a algunas adolescentes que celebran un cumpleaños, amigas de mis hijos, y que se pasean por el borde de la piscina con grandes aspavientos, suplicando precisamente que no las empujen.

El impacto con el agua fue brutal, poco elegante, poco plástico. Un fracaso artístico. Como parábola, no funcionó. Funcionó, eso sí, como chapuzón, y como inicio del pánico más absoluto, de un pánico mezclado con burbujas y con ese ruido indescriptible, ese ruido subacuático que tranquiliza a algunos, quizá les recuerde a una felicidad uterina y atávica, pero que a mí me preocupa, porque no puedo describirlo y porque es el ruido del caos, el ruido de Trump.

Pero ya estaba en el agua y ahí empezaba todo, empezaba a ponerme en forma, a prepararme para una eventual Tercera Guerra Mundial. Si llegase la barbarie, me encontraría en bañador, asido a un rectángulo flotador mohoso. Y tal vez la barbarie se reiría de mí, por el atuendo y, en especial, por el gorrito de baño, tan ridículo, y tan inútil cuando lo lleva alguien calvo, como yo, alguien que ya no puede perder más cabellos porque los ha perdido ya en la piscina de la vida –no como Trump–, ese otro caos en el que la Clinton se cree espectadora de los toros desde la barrera, o de los nadadores desde la grada, de los nadadores que luchan por sobrevivir a una solución de cloro, oxígeno e hidrógeno. Y, fíjate, la pilló el toro, el toro de Trump.

Sumergido en el agua, aferrado a mi repugnante y mínimo salvavidas, yo no dejaba de pensar en el incierto futuro que me esperaba fuera de la piscina, en cuanto pasara la hora de la clase de natación, en cuanto la monitora, que vestía en chandal y que nos azuzaba a golpe de silbato, nos permitiera salir del agua. De este maldita agua que precedía a la ruina del mundo.