Desconcierto

Al final de una cena de prensa en su nuevo restaurante, Dos Pebrots, Albert Raurich lanza la pregunta: “¿Qué os ha parecido?”.

En ocasiones, cuando algo o mucho ha fallado en la cocina, puede ser una pregunta incómoda.

No es el caso, la cena estuvo perfecta, pero respondo que estoy desconcertado. “Aunque no es algo negativo”, añado.

 

En ese momento, no sé explicar mi desconcierto. Si supiera, ¿sería desconcierto?

Josep Sucarrats, con muy buen tino, sabe explicárselo a Raurich y, de paso, yo me entero también.

Sucarrats dice algo así: “es un restaurante conceptualizado alrededor de la cocina y no estamos acostumbrados. Últimamente vamos a restaurantes conceptualizados alrededor de una experiencia, o de la decoración, o de un producto…”.

Raurich, con el mismo buen tino, responde: “¡Es que soy cocinero!”.

 

La cocina de Dos Pebrots rescata platos de todo el Mediterráneo sacados de recetarios antiguos. En la carta está referenciado de qué libro sale cada receta, que técnica principal se emplea en ella, qué antigüedad puede tener, qué herramienta hay que usar para comerla. Cocina, cocina, cocina.

Días después, el desconcierto muta: ¿en qué punto está la restauración en Barcelona cuando un restaurante basado en la cocina nos desconcierta?

No puedo explicármelo inmediatamente.

 

Mudarse

Me mudo, nos mudamos. Después de casi cuarenta años de residencia ininterrumpida, abandono Barcelona. No vamos muy lejos, pero recorremos años luz.

Debería escribir qué añoro en un listado, pero sólo logro enumerar una cosa: el color de lomo de sardina que toma Barcelona después de la lluvia en otoño, tono que tan bien le adjudicó Óscar Guayabero.

Desde que la leí, esa imagen me fascina: la ciudad como una enorme e iridiscente sardina sobre cuyo lomo habitamos –habitábamos–.

Siento más nostalgia del recuerdo de la desmesurada sardina que de la sardina en sí.

Enumero recuerdos sucedidos en la ciudad, situaciones que ocurrieron hace muchos años: volver a casa por la calle Balmes, cogido de la mano de mi padre, después de pasar la mañana en el Tibidabo. Recorrer el Chino en una amplia berlina gris, escuchar el ‘clac’ de los pestillos. Mi madre esperándome en La Rotonda cada tarde, ir a comprar una tartaleta de praliné coronada por una avellana, el ritual. Comprar discos en la calle Tallers. Un primer beso con sabor a tabaco y cerveza. Una puñalada frente al Marsella. La mañana en el invernadero de la Ciutadella. Las noches sobre el Mont Taber.  El primer Martini, en Caribbean Club. Los lagrimones tras el nacimiento de mis hijos.

 

Una librería hoy

Aprovecho una mañana de asueto forzado para entrar a una librería del centro de Barcelona. Es una de las pocas variables del shopping a las que me entrego con placer: las librerías aún no escupen una música atronadora y un lunes, antes de mediodía, los clientes somos escasos.

Soledad y silencio.

Paso revista a las estanterías. Son un ejemplo de oportunismo editorial. Listas de super ventas, libros funcionales, volúmenes en busca del pelotazo.

Siempre ha sido así, procuro pensar. Algunas grandes obras de la literatura, algunos autores, fueron deliberadamente comerciales. El siglo XIX francés, la novela de folletín…

Descubro, con estupor, que Pelayo Díaz y Dulceida firman sendos volúmenes. ¿Qué contarán? Son ediciones cuidadas, si las juzgase por la cubierta las compraría. Quizá debería. Al fin y al cabo sus autores no pretenden ser juzgados por su interior.

Un libro promete convertir a sus lectores en influencers. Otro, vende consejos para runners. En la sección de libros de cocina me llama la atención un título inquietante: Comer para no morir.

En la contracubierta, el editor aclara la idea. El café podría proteger hígados enfermos. Consumir soja podría favorecer la recuperación de los cánceres de mama. Los doce alimentos que sugiere el autor podrían dar la eternidad. Podrían.

Por lo menos con Pelayo y Dulceida sabes a qué atenerte, van sin condicionales.

Más allá una clienta pide ayuda para encontrar un libro. “Dígame el título”, suplica el dependiente. “No lo sé”, contesta ella. “¿El autor?”, insiste él. “Mira, déjalo, ya compraré otra cosa”. La clienta, insatisfecha, se larga. Quizá, sin saberlo, compre el libro que buscaba.

En la zona de literatura infantil, parapetado tras una portada colosal, un niño absorto. Es una imagen bonita, esperanzadora.

El niño lee un álbum de figuras de Lego.