Mudarse

Me mudo, nos mudamos. Después de casi cuarenta años de residencia ininterrumpida, abandono Barcelona. No vamos muy lejos, pero recorremos años luz.

Debería escribir qué añoro en un listado, pero sólo logro enumerar una cosa: el color de lomo de sardina que toma Barcelona después de la lluvia en otoño, tono que tan bien le adjudicó Óscar Guayabero.

Desde que la leí, esa imagen me fascina: la ciudad como una enorme e iridiscente sardina sobre cuyo lomo habitamos –habitábamos–.

Siento más nostalgia del recuerdo de la desmesurada sardina que de la sardina en sí.

Enumero recuerdos sucedidos en la ciudad, situaciones que ocurrieron hace muchos años: volver a casa por la calle Balmes, cogido de la mano de mi padre, después de pasar la mañana en el Tibidabo. Recorrer el Chino en una amplia berlina gris, escuchar el ‘clac’ de los pestillos. Mi madre esperándome en La Rotonda cada tarde, ir a comprar una tartaleta de praliné coronada por una avellana, el ritual. Comprar discos en la calle Tallers. Un primer beso con sabor a tabaco y cerveza. Una puñalada frente al Marsella. La mañana en el invernadero de la Ciutadella. Las noches sobre el Mont Taber.  El primer Martini, en Caribbean Club. Los lagrimones tras el nacimiento de mis hijos.

 

Una librería hoy

Aprovecho una mañana de asueto forzado para entrar a una librería del centro de Barcelona. Es una de las pocas variables del shopping a las que me entrego con placer: las librerías aún no escupen una música atronadora y un lunes, antes de mediodía, los clientes somos escasos.

Soledad y silencio.

Paso revista a las estanterías. Son un ejemplo de oportunismo editorial. Listas de super ventas, libros funcionales, volúmenes en busca del pelotazo.

Siempre ha sido así, procuro pensar. Algunas grandes obras de la literatura, algunos autores, fueron deliberadamente comerciales. El siglo XIX francés, la novela de folletín…

Descubro, con estupor, que Pelayo Díaz y Dulceida firman sendos volúmenes. ¿Qué contarán? Son ediciones cuidadas, si las juzgase por la cubierta las compraría. Quizá debería. Al fin y al cabo sus autores no pretenden ser juzgados por su interior.

Un libro promete convertir a sus lectores en influencers. Otro, vende consejos para runners. En la sección de libros de cocina me llama la atención un título inquietante: Comer para no morir.

En la contracubierta, el editor aclara la idea. El café podría proteger hígados enfermos. Consumir soja podría favorecer la recuperación de los cánceres de mama. Los doce alimentos que sugiere el autor podrían dar la eternidad. Podrían.

Por lo menos con Pelayo y Dulceida sabes a qué atenerte, van sin condicionales.

Más allá una clienta pide ayuda para encontrar un libro. “Dígame el título”, suplica el dependiente. “No lo sé”, contesta ella. “¿El autor?”, insiste él. “Mira, déjalo, ya compraré otra cosa”. La clienta, insatisfecha, se larga. Quizá, sin saberlo, compre el libro que buscaba.

En la zona de literatura infantil, parapetado tras una portada colosal, un niño absorto. Es una imagen bonita, esperanzadora.

El niño lee un álbum de figuras de Lego.

Una puta muy alta

Escribir una novela de amor sin caer en la cursilería, sin azúcar añadido, no es fácil.

Pau Arenós lo consigue en su primera novela, Una puta muy alta, quizá porque domina ambos mundos: el de las letras y el del paladar.

Es una tragicomedia ágil, que empieza por un final –Álex, un hikikomori de aquí, se encierra en casa, tal vez lo más sensato que se puede hacer– y termina por el principio. Un amor que se muerde la cola.

Sandra es una puta muy alta a la que Álex recurre para aliviar su soledad. Ambos son raros, poco a poco se atraen, y terminan necesitándose.

El amor no se les rompe porque lo callan. Lo ignoran. No saben amarse como los demás.

Sandra cuenta fogonazos de su vida, Álex escucha. A veces empuja preguntando, se enoja con los clientes tan raros de Sandra. Tan raros, tan verosímiles.

Álex se gana la vida criando grillos, escuchando el demencial frotar de sus élitros. Sandra presta su cuerpo a otro tipo de insectos, más asquerosos. Y ambos callan más de lo que dicen. Practican la parquedad en una época en la que se confunde sinceridad con grosería.

Leí Una puta muy alta del tirón, y me hubiera gustado leerla más lentamente. A bocaditos, antes y después de las gloriosas siestas del verano.

Siempre he comido demasiado rápido y me pirran los libros sin azúcar.