Una puta muy alta

Escribir una novela de amor sin caer en la cursilería, sin azúcar añadido, no es fácil.

Pau Arenós lo consigue en su primera novela, Una puta muy alta, quizá porque domina ambos mundos: el de las letras y el del paladar.

Es una tragicomedia ágil, que empieza por un final –Álex, un hikikomori de aquí, se encierra en casa, tal vez lo más sensato que se puede hacer– y termina por el principio. Un amor que se muerde la cola.

Sandra es una puta muy alta a la que Álex recurre para aliviar su soledad. Ambos son raros, poco a poco se atraen, y terminan necesitándose.

El amor no se les rompe porque lo callan. Lo ignoran. No saben amarse como los demás.

Sandra cuenta fogonazos de su vida, Álex escucha. A veces empuja preguntando, se enoja con los clientes tan raros de Sandra. Tan raros, tan verosímiles.

Álex se gana la vida criando grillos, escuchando el demencial frotar de sus élitros. Sandra presta su cuerpo a otro tipo de insectos, más asquerosos. Y ambos callan más de lo que dicen. Practican la parquedad en una época en la que se confunde sinceridad con grosería.

Leí Una puta muy alta del tirón, y me hubiera gustado leerla más lentamente. A bocaditos, antes y después de las gloriosas siestas del verano.

Siempre he comido demasiado rápido y me pirran los libros sin azúcar.

Procuro no escribir con la boca llena.

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