Una librería hoy

Aprovecho una mañana de asueto forzado para entrar a una librería del centro de Barcelona. Es una de las pocas variables del shopping a las que me entrego con placer: las librerías aún no escupen una música atronadora y un lunes, antes de mediodía, los clientes somos escasos.

Soledad y silencio.

Paso revista a las estanterías. Son un ejemplo de oportunismo editorial. Listas de super ventas, libros funcionales, volúmenes en busca del pelotazo.

Siempre ha sido así, procuro pensar. Algunas grandes obras de la literatura, algunos autores, fueron deliberadamente comerciales. El siglo XIX francés, la novela de folletín…

Descubro, con estupor, que Pelayo Díaz y Dulceida firman sendos volúmenes. ¿Qué contarán? Son ediciones cuidadas, si las juzgase por la cubierta las compraría. Quizá debería. Al fin y al cabo sus autores no pretenden ser juzgados por su interior.

Un libro promete convertir a sus lectores en influencers. Otro, vende consejos para runners. En la sección de libros de cocina me llama la atención un título inquietante: Comer para no morir.

En la contracubierta, el editor aclara la idea. El café podría proteger hígados enfermos. Consumir soja podría favorecer la recuperación de los cánceres de mama. Los doce alimentos que sugiere el autor podrían dar la eternidad. Podrían.

Por lo menos con Pelayo y Dulceida sabes a qué atenerte, van sin condicionales.

Más allá una clienta pide ayuda para encontrar un libro. “Dígame el título”, suplica el dependiente. “No lo sé”, contesta ella. “¿El autor?”, insiste él. “Mira, déjalo, ya compraré otra cosa”. La clienta, insatisfecha, se larga. Quizá, sin saberlo, compre el libro que buscaba.

En la zona de literatura infantil, parapetado tras una portada colosal, un niño absorto. Es una imagen bonita, esperanzadora.

El niño lee un álbum de figuras de Lego.