Un Dios iracundo

El niño contemplaba el Belén con mirada diabólica, los ojos entornados, los labios comprimidos. Se imaginaba un ser superior, estaba por encima de todas aquellas figuritas insignificantes. Miraba el Belén y fijaba sus ojos en el río de papel de plata que partía su geografía en dos, a un lado el musgo prometedor que acogía el establo; al otro, el desierto que debía recorrer la comitiva de los Reyes Magos.

«Estúpido, es estúpido todo esto», pensó Enrique, e imaginó que con un movimiento de su brazo derecho barría todo aquello, que arrastraba la figuritas, que destrozaba el puente y las construcciones nevadas, que se cargaba la guirnalda de luces que circundaba todo el perímetro y que mandaba al garete la estúpida estrella fugaz que no se movía. «Estoy así de enfadado», pensó.

Imaginó la destrucción completa de aquél Belén que hacía un par de días colmaba toda su felicidad, aquél Belén casi inerte que sólo él animaba con el movimiento de la comitiva Real y Mágica, cada día un paso más cerca del establo donde le esperaba el rubicundo niño Jesús, la Virgen y el tonto de su padre. «Tonto de capirote», pensó.

Estaba sólo en la habitación, iluminado solamente por la guirnalda de lucecitas intermitentes, contemplando el Belén a oscuras como un demonio.

—¡Eres un demonio, Enrique!— le había dicho su madre hacía un rato, cuando había roto una de las piezas de la vajilla familiar, una salsera para ser concretos, una salsera que Enrique no imaginaba que fuera tan frágil ni importante. — ¡Eres Pedro Botero en persona, esa era la salsera de tu abuela!— insistió su madre.

Enrique se había quedado mirando los fragmentos de loza repartidos por el suelo, como un universo esparcido sobre la alfombra. Nada podía hacer ya, no era una fractura pequeña, no era un par de piezas que pudieran pegarse, era un Big Bang, así se lo habían enseñado en el colegio.

— Big Bang.

— ¡Y encima esto! —siguió su madre antes de enviarle a la habitación.

Estuvo tumbado en su cama, alumbrado por las luces del Belén, estuvo tumbado en su cama y sólo se levantó para desplazar a los Reyes y a sus Pajes, un paso más cerca de dejar el desierto y cruzar el río de papel de plata, el maldito río sin agua, el río que arrastra todas las mentiras hacia el mar.

Volvió a la cama, se tumbó. Oyó los preparativos de la cena de Nochebuena, la llegada de su padre, la conversación –de la que no entendió nada, sólo un cuchicheo– con su madre y luego los pasos cada vez más cercanos.

Y llegó papá, pero no era él, era su padre, porque llevaba la cara de padre, la cara que tienes los padres cuando uno rompe la salsera de de loza de una abuela que jamás conoció. Y que por qué lo había hecho.

Él se encogió de hombros e hizo aquellas burbujas de saliva que le ayudaban a evadirse y que tan nervioso ponían a su padre. Y él que venga, que dale, que por qué.

Y como no supo decirle qué había ocurrido, ni por qué había roto la salsera, porque al fin y al cabo había sido un accidente –le había resbalado de las manos, más o menos— Enrique sugirió que podían pedirle a los Reyes una salsera nueva.

— O que arreglen la que se ha roto —añadió.

Y ahí ocurrió algo dentro del padre. Un rayo le recorrió, algo, algo muy raro, algo violento.

— Los Reyes somos nosotros, Enrique. Los Reyes somos los padres.

Enrique no comprendió bien qué le estaba diciendo, a qué se refería. No lo entendió o no quiso entenderlo. No, no quiso. Aquello era demasiado extraño, no podía ser no podían ser ellos.

— Los Reyes somos los padres y los padres no tenemos magia, Enrique. Ya eres mayorcito para entender esto.

Al cabo de poco su padre se fue, le dejó sólo en la habitación, con el pesebre y sus luces, con el río falso y con los Reyes, con el niño rubicundo y su padre tonto del capirote.

Recordó, Enrique, que un niño de su clase, Cefe, ya lo había dicho: «¿Sabes qué? Los Reyes no existen, son los padres», pero nadie le había creído, nadie: ¿Cómo iban a estar los padres en tantos sitios a la vez al mismo tiempo? ¿Cómo?

Enrique miraba el pesebre –el río– y los pasos se acercaron. Era su padre.

– ¿Estás bien, Enrique?

Y Enrique estaba ahí, contemplando el ridículo pesebre, el maldito río, a los padres del niños Jesús, a los dos padres falsos del niño Jesús, a esos mentirosos. Entonces supo que él también podía mentir.

— Y claro, papá. Todo bien.

Pero él miraba el río, aquél río de mentira, aquél río de papel de plata que le devolvía la diabólica mirada de un Dios iracundo. El río aquél sin agua.

Procuro no escribir con la boca llena.

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