Salinger contra Nefertiti

Salinger fotografiado por Paul Adao, 1988.

Una colega, periodista del ámbito cultural, me dijo hace ya un tiempo que los periodistas que nos dedicamos a escribir sobre gastronomía –o pseudo periodistas, como yo– somos demasiado extrovertidos, que nos exhibimos en el circo de las redes sociales. Vino a decir que somos starlets, un poco fanfarrones. Recién llegada al periodismo gastronómico, esta colega acostumbrada a ser espectadora de danza y teatro desde el silencio de la platea, encontraba chocante el jolgorio de las presentaciones de restaurantes, la alegría de algunos después de tres copas y el ansia por fotografiar el plato o publicar el selfie con el cocinero famoso.

Reconozco que en aquél momento sus palabras me molestaron bastante, en primer lugar porque nos acabábamos de conocer y presuponía la prudencia del primer contacto; pero también porque intuí que tenía razón.

Nos exhibimos y exhibimos la cabeza de nuestra presa colgada en la pared. Nos hacemos fotos durante la entrevista a tal o cuál cocinero famoso, como si fuera a imbuirnos de prestigio, como si el texto que escribiremos más tarde fuera a mejorar con aquella instantánea. Somos vanidosos.

La vanidad ha llenado la Historia del Arte de grandes retratos. Los que hemos visto el busto de la bella Nefertiti en directo sabemos que no es una virtud baladí, pero quizá sea la única.

En el extremo opuesto a la vanidad aguarda el silencio. El anonimato deliberado de Salinger y su furiosa reacción al ser cazado por el fotógrafo. La diminuta, ilegible, letra del paseante Robert Walser. El luminoso hermetismo de Sergio Chejfec en Mis dos mundos, otro aficionado a pasear.