Por qué Master Chef Junior me parece una «gran merda».

little-miss-sunshine-stills04

Lancé un tweet en el que afirmé que Master Chef Junior me parecía una «gran merda». No es Twitter lugar para largos desarrollos ni argumentaciones y, esclavo de la economía lingüística, respondí a Carmen Alcaráz cuando me interpeló por mi grosero uso del lenguaje que «gran merda» me parecía la descripción más ajustada para el programa.

Me lo sigue pareciendo, una «gran merda», pero entiendo que las opiniones carentes de argumento son tan débiles como Rajoy sin mayoría absoluta y, como el presidente, rozan el fascismo.

Si algo no deseo es parecerme a Rajoy.

Para explicar por qué Master Chef Junior me parece una defecación enorme necesito acotar. Me parece marrón y maloliente como programa de difusión gastronómica. Sin embargo, me parece un prístino reality, un magnífico ejemplo de competición que, si bien tiene como sujeto la gastronomía, podría tratar sobre peluquería o albañilería, por poner dos ejemplos.

Master Coiffeur Junior o Master Maçon Junior, ¿estarían promoviendo la cultura de la construcción o del salón de belleza? Probablemente no lo veríamos así. Probablemente, tampoco sería esa la motivación de los productores. Si esos programas existieran, el impulso germinal no sería la pedagogía, sino aprovechar un interés creciente de la audiencia por esas materias. Me temo que eso ha sucedido con Master Chef Junior. El interés por la gastronomía crece, y no sólo en España o Catalunya, crece en todo el mundo. Así, no es el programa quien promueve la gastronomía, sino al revés.

La televisión todo lo fagocita, también la calidad. Aceptando el dudoso argumento de que en televisión es necesario hacer sacrificios en la calidad de los contenidos para captar a un grueso de espectadores que aseguren inversión publicitaria, ¿es Master Chef Junior el mejor programa posible, aún con sacrificios, que podría hacerse para promover la cultura gastronómica? Yo creo que no. Dudo que alguien descubra gran cosa viendo el programa, salvo la habilidad de sus participantes, y dudo que alguien aprenda, más allá de los concursantes. Pero si el objetivo fuera enseñar a cocinar a una docena de niños con talento, ¿hacía falta un programa? Lo que el espectador pueda aprender es anecdótico, los 30 segundos dedicados a la pedagogía son anecdóticos, y la mayor parte del proceso se limita a aprobar o penalizar la progresión de los concursantes. Algunos dirán que tan sólo es un programa de televisión: retrocedo dos párrafos, me parece un buen show pero no un buen programa de difusión gastronómica, por mucho que en él se cocine.

Luego están los lloros y la presión a la que están sometidos los críos que participan. Aunque no soy partidario, sabrán sus padres qué es lo mejor para ellos. Quizá sean muy fans de Little Miss Sunshine.

En fin, volviendo a Twitter. He leído tweets entusiastas sobre el valor pedagógico del programa, otros afirmaban que en los patios de las escuelas pronto se hablará de cocina. Francamente, lo dudo tanto como lo deseo.

Que sí, que está bien que se vea cocina en televisión. Que no, que una competición de talentos no es difusión gastronómica.