Mudarse

Me mudo, nos mudamos. Después de casi cuarenta años de residencia ininterrumpida, abandono Barcelona. No vamos muy lejos, pero recorremos años luz.

Debería escribir qué añoro en un listado, pero sólo logro enumerar una cosa: el color de lomo de sardina que toma Barcelona después de la lluvia en otoño, tono que tan bien le adjudicó Óscar Guayabero.

Desde que la leí, esa imagen me fascina: la ciudad como una enorme e iridiscente sardina sobre cuyo lomo habitamos –habitábamos–.

Siento más nostalgia del recuerdo de la desmesurada sardina que de la sardina en sí.

Enumero recuerdos sucedidos en la ciudad, situaciones que ocurrieron hace muchos años: volver a casa por la calle Balmes, cogido de la mano de mi padre, después de pasar la mañana en el Tibidabo. Recorrer el Chino en una amplia berlina gris, escuchar el ‘clac’ de los pestillos. Mi madre esperándome en La Rotonda cada tarde, ir a comprar una tartaleta de praliné coronada por una avellana, el ritual. Comprar discos en la calle Tallers. Un primer beso con sabor a tabaco y cerveza. Una puñalada frente al Marsella. La mañana en el invernadero de la Ciutadella. Las noches sobre el Mont Taber.  El primer Martini, en Caribbean Club. Los lagrimones tras el nacimiento de mis hijos.