Lo único correcto

 

Aquella mañana decidí que yo sería Enrique Vila-Matas. Lo decidí al salir del metro y ver el inmenso edifico del Hospital Clínic, a cuyo departamento de Donación de Cuerpos iría a parar mi cadáver algún día. Supe que podía ser Vila-Matas al saberme inquilino del cuerpo que ocupaba hasta que se hicieran cargo de él en el Clínic. Podía ser Vila-Matas o cualquier otra persona, porque al fin y al cabo tenemos una idea de nosotros mismos pero esta idea podrían ser otras, identidades que permanecen latentes hasta que uno las invoca, como la de Vila-Matas, que también era inquilino de un cuerpo, más viejo que el mío, y en el fondo salía ganando si me hacía yo con su identidad. A pesar de mi cojera y de mis ataques de ciática imaginaba que él estaría físicamente peor que yo y que, llegado el momento de ocuparle, no se opondría y haría lo único correcto: marcharse.

Hacía, además, un día perfecto para ser Vila-Matas, un día muy de Vermeer, y estaba en el barrio adecuado. Me separaban sólo cinco calles de la librería Bernat de la calle Buenos Aires, a la que iría a trabajar durante la hora libre que tenía hasta mi primera cita del día, a la que llegaría siendo Vila-Matas. Tal vez la persona con la que debía reunirme no me reconociera. Tal vez.

Salí del metro y le di la espalda al Clínic. Salí del metro y elegí ir por la calle Urgell. Mi yo anterior hubiera subido Villarroel para recordar el camino que había hecho tantas veces en los últimos tres años hacia la antigua escuela de su primogénito. Hubiera subido por ahí también para pasar por delante del portal de la primera chica a la que amó y por la esquina en la que su motocicleta chocó con un autobús y se fracturó el pie izquierdo. Buena parte de su humilde historia personal estaba ligada a ese barrio.

Yo no lo hice, yo subí por Urgell porque quería ver el hotel en el que Vilnius se había alojado y también porque no me importaba el ruido de los coches.

Subí por Urgell y me sentí un poco liberado de donar mi cuerpo a la ciencia. Mi panteón podía esperar y, a pesar de mi maltrecho lado izquierdo –además del pie fracturado una hernia lumbar me pinza la rodilla, provocándome una cojera que a veces acentúo deliberadamente– me sentí cómodo en aquella nueva identidad. Subí por Urgell, seguí recto hasta la calle Buenos Aires, doblé a la izquierda y entré en la librería Bernat.

Esperando que me reconocieran pedí un café, un bocadillo de jamón ibérico y una botella de agua fría.  No le di importancia a que nadie me hubiera saludado por mi nombre ni a que hubieran olvidado qué desayuno y me dirigí a la mesa que suelo ocupar en la Bernat cuando tengo, por ejemplo, que ocuparme de una entrevista.

La mesa estaba ocupada por un hombre con aspecto selenita y por una mujer con acento argentino que le entrevistaba. El hombre guardaba un parecido asombroso con Vila-Matas, incluso su voz era la misma que la de Vila-Matas e imagino que un cosquilleo le recorrió el espinazo al ver a Vila-Matas aparecerse delante de sus narices.

Pero si algo le recorrió el espinazo lo disimuló muy bien y siguió a lo suyo, hablando con la mujer de acento argentino, charlando sobre literatura. Algo tan inusual.

–Esta es mi mesa– dije.

Ellos apenas me miraron y reanudaron la conversación. Volví a interrumpirles.

–Es mi mesa y espero que hagan lo único correcto.

Siguieron hablando, mencionaron a Gombrowicz y la camarera dejó mi desayuno en una mesa muy apartada de la mía, junto a la sección de literatura infantil.

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Procuro no escribir con la boca llena.

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