Lieberman

La forma en que se desarrolló mi amistad con Lieberman sin duda se escapa de lo corriente. En aquella época yo tenía poco dinero y viajaba haciendo autostop acompañada de Sebastián, un argentino que conocí atravesando Italia de Sur a Norte; no tiene demasiado mérito hacerlo de Este a Oeste, o viceversa. Viajaba con Sebastián y aunque yo sabía que nuestra relación no llegaría demasiado lejos me dejaba querer y, sobre todo, permitía que me acompañase porque me hacía reír. Así, una mañana llegamos a Girona y, después de pasar todo el día recorriendo las callejuelas de la ciudad llamé a la única persona que conocía allí, a Lieberman, con quien en realidad jamás me había encontrado ni cruzado palabra.

Mi padre mantuvo con él una relación epistolar bastante prolongada antes de volver a Argentina en busca de mi hermanastro y morir, tremendamente enfermo. Lieberman también era escritor y, como mi padre, durante un tiempo se había buscado la vida participando en concursos literarios organizados por municipios o la Renfe. Todo lo que sabía de él es que durante unos años, aquellos duros años de exilio en los que mi padre apenas tenía para llegar a final de mes y pagar el alquiler del raquítico piso en el que vivíamos, Lieberman había arrancado unas carcajadas a mi viejo. Cuando eso sucedía, él nos leía sus cartas y subrayaba, alzando la voz o con un brillo en su mirada, alguna frase que le parecía ingeniosa. En una ocasión Lieberman preguntó por mi madre y por mí . Mi padre nos sacó una fotografía en el Retiro y se la mandó. Al cabo de muchas semanas Lieberman le devolvió unas instantáneas tomadas en un fotomatón en las que aparecía un tipo flaco, con el pelo rizado y mirada sonámbula. Podía ser un escritor, un poeta flaco, un vagabundo pulcro o simplemente un individuo que se dedicaba a probar fotomatones. Quizá fuera todo aquello al mismo tiempo.

© - Oscar Soneira
© – Oscar Soneira

Llamé a su puerta, Sebastián a mi espalda, y abrió un hombre agitado. Un hombre con el pelo largo  por encima de una camiseta. Se detuvo un segundo, tratando de recordar algo que hubiera aprendido muchos años antes, el teléfono de un viejo amor o las tablas de multiplicar, y al poco pronunció mi nombre.

Nos hizo pasar, nos invitó a cenar y aquella noche dormimos en su casa.

Inspeccioné la casa mientras ellos cocinaban. Sólo en dos habitaciones encontré señales de que alguien las habitaba. El dormitorio de Lieberman era un espacio rectangular, con una ventana y un catre, una pared cubierta de fotografías y una pila de libros al lado de la cabecera de la cama. Había un cenicero en el suelo, una silla con ropa doblada encima, un vaso vacío y la luz desnuda que caía cruda desde una bombilla colgada del techo. Contiguo, un pequeño cuarto ciego, en el que se había improvisado una mesa con un caballete y un tablón. Una lámpara de mesa, lápices, bolígrafos y cuartillas. El cenicero rebosante de colillas. Una máquina de escribir reposaba sobre otra pila de libros, todo estaba lleno de libros excepto el espacio que ocupaba la mesa y la silla. Busqué inútilmente alguna novela de mi padre entre las columnas.

Me pregunté dónde dormiríamos.

Al poco me llamaron y bajé a cenar. Hablamos del viaje. Había cruzado el Adriático desde Grecia por el paso sur, hasta Brindisi. Pocos kilómetros más al norte conocí a Sebastián. Para no molestarle, obvié una brevedad ocurrida en Turquía. Conté que hubiera querido llegar a Bujará pero no tuve valor para acometer, sola y en autostop, el camino.

Comimos un guiso de locro sabroso, hacía años que no probaba uno igual. Y me sentí extrañamente melancólica, con una levedad fantasmagórica, muy dolorosa. Inevitablemente mi padre apareció en la conversación. Lieberman dijo que había sentido mucho su muerte y tal vez intuyó que mi melancolía iba en aumento porque abandonó el tema. Sirvió más vino. Cuando terminamos nos dijo que podíamos ir a la cama cuando quisiéramos.

© - Oscar Soneira
© – Oscar Soneira

En plena noche me despertó un susurro que llegaba del comedor. Era la televisión, encontré a Lieberman en el sofá, viendo qué se yo. Le pregunté si había estado escribiendo pero contestó que no, tan solo mirando lo que echaban. Me invitó a tomar un cigarrillo y una copa de coñac y salimos al balcón. La noche era fresca, hermosa. Me preguntó qué edad tenía yo. Veintidós, le dije. Él me contestó que entonces él tendría más de treinta, y se sintió extraño porque habían pasado ya diez años desde que envió la primera carta a mi padre. Me preguntó si me incomodaba hablar de él y confesé que su muerte aún me dolía. Hemos comido su guiso de locro, me envió alguna receta para un libro que todavía no he escrito. Y entonces fui yo quien se sintió extraña, recordé de pronto que mi padre había cocinado mucho.

Lieberman es el tercero de cuatro cuentos de temática gastronómica basados en otros tantos grandes relatos de la literatura corta. En esta ocasión elijo “Sensini”, de Roberto Bolaño, e intento complementar el original con el punto de vista de la protagonista femenina, Miranda. Este relato fue publicado originalmente en el número 3 de Zouk Magazine. Todas las ilustraciones son de Oscar Soneira.