Estar a la francesa

Las despedidas a la francesa son, desde un verano especialmente caluroso, mi manera preferida de desvanecerme.

Aquél verano desarrollé una extraña alergia a mi sudor y, cuando se desataba, tenía que salir corriendo en busca de un lugar refrigerado o una ducha fría.

Dormía de día –con el aire acondicionado encendido– y vivía de noche, no podía darme el sol.

Ni una de las noches del verano aquél me despedí de mis amigos. Salía de los bares y las discotecas sin mediar aviso, en cuanto la piel empezaba a picarme.

 

Al cabo de un tiempo, mis amigos dejaron de notar que yo ya no estaba. Al cabo de unas cuantas desapariciones ya a nadie extraña que no estés. Es eso lo que se espera precisamente de ti.

Uno, como en el poema de Juarroz, deja de estar en el centro de las fiestas. Uno está en el centro del vacío, que es otra forma de estar, quizá la forma más francesa de estar.

Tal vez me gusten tanto las despedidas a la francesa porque no son, en realidad, una despedida: son la esperanza de que los demás perciban tu ausencia.

 

Llevo mal las despedidas porque son la renuncia a esa forma de estar en el vacío.

Pero en ocasiones uno tiene que despedirse, porque ya no puede estar ni siquiera presente y porque tampoco tiene alergia.

El otro día dejé voluntariamente de colaborar en un medio, me despedí renunciando al vacío.

Los lectores ni siquiera sabían que había estado en esa fiesta.

Procuro no escribir con la boca llena.

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