La cena del otro

Describe Enrique Vila-Matas cierta inquietud al despertar. Cada mañana el racor podría fallar, y uno debe ser muy precavido para retomar la vida en el lugar y momento donde la dejó; o correr el riesgo de ser otro y empezar una vida distinta, eventualidad más probable cuando uno duerme en hoteles y despierta en una habitación que no es la suya, rodeado de muebles y objetos que no le pertenecen, cuando detrás de la cortina se dibuja la perspectiva de una calle de París, por ejemplo, la curva de la rue Vaneau.

Yo creo que el fallo de racor, este no reconocerse, nos acecha en más ocasiones. Al doblar una esquina, tras una enfermedad grave o un evento traumático y, más que nunca, durante Nochevieja y el siniestro primero de enero, cuando todos los errores del año aún son nieve por pisar.

La cena de Nochevieja no es asunto baladí. Podría ser la Noche del Fin del Mundo. La última noche de tu vida tal y como la conoces. O de tu vida, sin más. Por eso hay que entregarse a ella.

Sospecho que José y Pere Monje intuyen lo mismo, y desde 1967 mantienen la tradición de organizar una cena de nochevieja en su Via Veneto que bien podría ser la cena del Fin del Mundo. Caviar Imperial del Caspio, ostras de la Ria d’Arousa, buey Charolais, pulardas de Sagàs y, sobre todo, mucho Dom Perignon.

Champagne Dom Perignon durante toda la noche, reza la carta. Con el riesgo que implicará, al despertar, no encontrar una copa de estrellas en la mesilla.

Un lujo al alcance de los pocos que pueden pagar entre trescientos y cuatrocientos euros por la cena. O de los que saben que mañana serán otro.

Procuro no escribir con la boca llena.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.