Importar un pimiento

Ayer escalivé una berenjena y un pimiento.

Lo hice prestando mucha atención a cada parte del proceso.

Elegí carbón de encina y puse encima las hortalizas.

Eran hermosas, relucientes, de supermercado.

Prendí el carbón con unas pastillas ecológicas que me recuerdan al aglomerado cuando ha cogido humedad.

Contemplé como la berenjena y el pimiento se ennegrecían por la carbonilla que ascendía con la llama.

La llama era una lengua afilada, naranja y azul.

El carbón se convirtió en brasa, se quemaron las pieles y se volvieron quebradizas.

Fui dando la vuelta al pimiento y a la berenjena para cocinarlos de forma homogénea.

La berenjena terminó de cocerse antes que el pimiento y la retiré a un plato para llevarla a la cocina.

Entonces hice algo que nunca antes había hecho.

En lugar de pelar y quitar las semillas con las manos usé tenedor y cuchillo, tratando de ser lo más elegante posible.

Quise imitar a un camarero de Via Veneto terminando un plato en el gueridón.

Terminé, dispuse la berenjena en una fuente y seguí escalivando el pimiento.

Tardó bastante más que la berenjena.

Se fue deshinchando poco a poco, perdió aire y agua.

Esperé y cuando estuvo en su punto lo llevé a la cocina y actué con mayor reverencia, si cabe.

Entonces se me ocurrió que escribiría este texto con la intención de reflexionar sobre cómo influye la preparación en un ingrediente.

¿Aumenta la percepción cualitativa de un ingrediente humilde como un pimiento o una berenjena si lo tratamos con una elegancia poco habitual, incluso exagerada?

Me hice esta pregunta mientras deshechaba la punta del pimiento, que había quedado cruda, separaba el pedúnculo y las semillas y limpiaba la piel carbonizada raspando con el lateral de un diente del tenedor.

No encontré una respuesta inmediatamente.

Luego corté en tiras la pulpa y las dejé al lado de la berenjena.

Salpimenté y cubrí con un aceite que había ahumado unos días antes y hojas de romero frescas recién picadas.

Cuando terminé, pensé que esa iba a ser la mejor escalivada del mundo o, por lo menos, la mejor que yo hubiera preparado.

Pero no fue así.

Era una buena escalivada pero recuerdo una en la que el pimiento se había caramelizado mejor.

El pimiento es el protagonista principal de la escalivada.

Me pregunté también si merecía la pena dedicarle tanto tiempo a una escalivada.

Visto el resultado, quizá era mejor lavarla con las manos, esqueixar las tiras con los dedos y cubrirla con un aceite normal y corriente.

El tenedor y la actitud reverencial no son necesarias para hacer una buena escalivada, concluí, pero me había divertido.

Por un momento pensé que preparaba una ave a la presa.

Pero eran una berenjena y un pimiento.

Lo pasé bien pensando que ese pimiento no me importaba un pimiento.

Procuro no escribir con la boca llena.

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