Humildad y talento

Somos seis comensales en una cita para prensa.

Las dos organizadoras cuentan al resto que durante la cita anterior un invitado sugirió al cocinero cómo mejorar los platos.

“Eso sería como si nos dijeran cómo escribir los artículos”, dice uno de los comensales con socarronería. Otro se sonríe. Otros dos, callamos.

 

De camino a casa, reflexiono sobre lo que hemos comido. Mucho que limar en la cocina y en la sala. Emplatados efectistas pretenden disimular sazones equivocadas, puntos de cocción pasados –sardinas astillosas– o cortos –maldito arroz aperdigonado–, nula originalidad, torpeza al servir y al liberar la mesa. El restaurante se gana un sobresaliente en mediocridad.

Ya en casa, leo algun texto del comensal socarrón.

 

Corregir, platos o textos, es una potestad reservada a los que saben más que nosotros. Pero sólo los alumnos con talento reconocen al maestro.

Procuro no escribir con la boca llena.

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