Honestidad y dietética

Últimamente ando de análisis. He analizado mi cuenta corriente y han analizado mi sangre. Los resultados no han sido muy halagüeños.

El primer examen revela una bancarrota técnica. Gasto más de lo que gano. Un 43% del dispendio va destinado a restaurantes y bares.

Hace ya tiempo que se cuestiona la honestidad de los que escribimos sobre gastronomía. Se denuncian pleitesías. Se cuestionan criterios e invitaciones. En su último libro, Confieso que he comido, Miquel Sen señala la conveniencia de ser independiente y sugiere que los medios paguen las cuentas de sus colaboradores con el fin de asegurar su objetividad. Algunos medios lo hacen. Otros, no. Algunos restauradores invitan. Otros, no. Algunos autores aceptan. Otros, no. Normalmente los que no aceptan y presumen de independencia tienen una fuente de ingresos que les permite dedicarse a escribir sobre gastronomía como hobby. ¿Son más independientes? ¿Son mas honestos?

El segundo análisis, el hemograma y posteriores ecogafías, delatan un hígado con tendencia a parecerse al de un pato de las Landas.

No soy el único que padece las consecuencias de los excesos de la panza y el gaznate. Durante una entrevista, Xavier Agulló me advirtió de los peligros del oficio. En una ocasión un cronista dijo a otro que la prudencia era inútil porque todos íbamos a morir, el interpelado objetó que prefería hacerlo más tarde que pronto.

Ser obesos es la peor manera de parecerse a Néstor Luján.

Procuro no escribir con la boca llena.

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