Erik Satie En Montcada i Reixach

Estoy casi seguro, no diré que estoy seguro por completo porque no suelo hacer afirmaciones categóricas, de que Erik Satie jamás estuvo en Montcada i Reixac, ni en La Llagosta ni en ninguno de los pueblos del cinturón de óxido que rodea Barcelona.

Esta certeza, casi absoluta, me sobrevino cuando escuchaba La Gnossiene Número Tres, la más andalusí de sus composiciones, creo yo. Fueron los aires andalusís de la melodía, lenta y patética como las otras dos Gnossienes, tal vez más conocidas, lo que me hizo levantar la vista del libro que estaba leyendo y mirar por la ventana. La fealdad de la fábrica que había al otro lado y aquella palabra en la boca de la chimenea, ahí arriba, me convencieron de que Erik Satie jamás había pisado Montcada ni ningún otro pueblo de los alrededores.

Cicloturbo, leí en la chimenea.

Cicloturbo. Leí esa palabra por primera vez y nada sabía sobre ella. Ignoro, todavía, su significado, tan sólo intuyo, como intuí entonces, que algo a lo que pueda aplicarse la palabra cicloturbo debe tener cualidades de gran velocidad y potencia. Todo lo contrario a las Gnossienes y, en general, a la obra de Satie, que si se caracteriza por algo es por su ligereza, por su capacidad de habitar en el vacío sin apenas ocuparlo.

Además de darme cuenta de que ignoraba el significado de cicloturbo, también me di cuenta de que ignoraba dónde estaba, de que me había equivocado de autobús. Ese no era el autobús que cogía todas las mañanas para ir a Barcelona, era otro, y me estaba llevando por un polígono industrial más bien feo y desapacible. Los polígonos industriales, pensé, nunca son cálidos y acogedores. Por lo menos no lo son en el área metropolitana de Barcelona. Y, desde luego, nada tienen que ver con Erik Satie, son lo opuesto a la sutileza de su música y ocupan mucho espacio, todo el espacio entre el límite de Barcelona y los campos y los bosques que preceden a poblaciones como la mía. Por ahí, por mi pueblo, quizá sí hubiera podido aparecer Erik Satie.

Poco después de leer la palabra cicloturbo llegamos a una de las paradas del autobús de línea. Intenté leer en la marquesina dónde nos encontrábamos pero no fui capaz. Lo que sí pude leer es el nombre del bar frente al que nos habíamos detenido: La Parada. Una obviedad, pensé. El pueblo era obvio y feo, como el polígono, nada que ver con la extraña y leve música de Satie, que encierra una belleza muy delicada, la belleza del rocío. Y el pueblo era feo, muy feo, y tremendamente obvio, pero a continuación del bar La Parada vi una pequeña casa con azulejos en la pared, una casa sencilla, la casa que dibujaría un niño si le pidieran que dibujara una casa. Era una casa extraña, porque era bella, no como el resto del pueblo, y porque parecía una diminuta casa normanda, de donde era Satie: una casa a dos aguas, con el techo de madera, una ventana a cada lado de la puerta y la fachada de un blanco sólo interrumpido por una cenefa de azulejos vitrificados, muy hermosos. La casita de al lado del bar La Parada no resultaba nada obvia, era una excepción en aquél paisaje hostil, feo y oxidado. Podría haber sido la casa de Satie, lo mismo que la casa que seguía a la pequeña casa normanda. La casa contigua era aún más pequeña pero de arquitectura dramática, era tan pequeña y tan dramática que parecía un panteón y no una casa, el panteón de una familia rica, y ocupaba un solar que le iba grande. Ahí estaba la casa, de tres naves, que bien podría haber sido la casa a la que entraron los amigos de Satie poco después de la defunción del compositor para descubrir una ingente colección de paraguas de la que nadie sabía nada, aunque algunos paraguas los había tomado prestados de sus amigos, esos mismos que entraban en su casa tras su muerte y que con toda seguridad los creían extraviados. Sus amigos, además, también encontraron la correspondencia de Satie sin abrir, la correspondencia intacta de toda una vida. Estaban sin abrir incluso algunas cartas que Satie había contestado, sus amigos lo sabían bien porque ellos habían enviado algunas de esas cartas y recibido respuesta.

El autobús avanzó y dejamos atrás la casita normanda y la casa panteón y yo me sentí algo agitado. Sentí, de pronto, la necesidad de levantarme y preguntarle al conductor si ese autobús se dirigía a Barcelona, a Granollers o a Normandía. Pero no pude. No pude porque se sentó a mi lado una mujer coja y con cara de pocos amigos, como le ocurre a todos los cojos que conozco, incluso a mí. Supongo que ambos nos miramos con una expresión poco amable, como el paisaje, que era terrible.

¿Era cierto aquello que estaba pasando? ¿Podía ocurrir que un día te levantas, coges el autobús para ir a trabajar y al cabo de unas horas te encuentras en Normandía junto a una coja con cara de pocos amigos?

La posibilidad me abrumó, porque aquél día yo tenía bastantes cosas que resolver en Barcelona y ninguna en Normandía. Por mucho que aprecie la música de Satie, de ninguna manera quería acabar en Normandía aquella mañana, y menos acompañado de aquella señora coja que no paraba de mirarme, aunque quise pensar que miraba por la ventana.

Me concentré en la música para intentar calmarme. ¿Y qué si el conductor se detenía en Honfleur en lugar de hacerlo en la Plaza Tetuán de Barcelona? Sonaba una de mis composiciones favoritas de Satie, Movimiento Perpetuo Número Tres, que con su alegre y agitado fraseo de piano me recuerda siempre al vuelo de las golondrinas y me conmina a salir volando por la ventana.

Pero la ventana estaba cerrada y la señora seguía mirando a través de ella, o a través de mí, el horrible paisaje y, en concreto, a una freiduría: Los Chocos.

Y estuve seguro, muy seguro, de que Satie jamás había comido ahí.

Procuro no escribir con la boca llena.

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