El suflé

Tenía por delante las cinco horas y media que dura el trayecto en AVE desde Barcelona hasta la estación de Santa Justa, en Sevilla, para preparar el discurso de agradecimiento. Me entregarían, esa misma noche, un Premio Nacional de Gastronomía a la Labor Periodística. Me premiarían y no tenía nada que decir. Y eso, claro, me angustiaba.

Pero podía considerarme afortunado. Tenía por delante cinco horas y media y no mucho menos, no las dos horas y media que ocupa el viaje a Madrid, donde la Academia suele entregar sus premios año tras año. Fue algo inesperado que, por una vez, decidieran trasladar la entrega. Fue sorprendente que fuera así, porque la Real Academia de Gastronomía es bastante dinosauria y no suele moverse más de lo que un fósil se mueve. Pero se movió hacia el sur.

En el tren podría escribir y pensar. Además, la comida era nefasta. Imposible distraerse con ella.

© Oscar Soneira
© Oscar Soneira

 

Augusto Monterroso escribió que un escritor suramericano se enfrenta a tres posibles destinos: destierro, encierro o entierro. Así me sentía yo viajando hacia el sur sin mi discurso de agradecimiento, enfrentándome a uno de estos tres destinos. Me quedaría sin habla, entre otras cosas porque el premio que me entregaban aquella noche me importaba tres pepinos, por ponerlo en clave gastronómica. Estaba poco motivado para escribir un discurso inteligente.

Pero había aceptado el premio y el compromiso que conllevaba. Francisco Anchón, presidente de la Academia, me había pedido que en mi discurso de agradecimento reflexionara sobre el futuro de la gastronomía española. ¿Cuál es tu visión?, me había preguntado con su acento castellano tan cerrado, estanco como la misma Academia.

Yo me preguntaba lo mismo, ¿cuál era mi visión de la gastronomía española?

El tren empezó su trayecto puntualmente. A medida que avanzaba por el túnel oscurísimo que desemboca en l’Hospitalet, me parecía que su discreto traqueteo me preguntaba, precisamente, ¿qué opinión tienes de la puñetera gastronomía española?

Mi opinión sobre la mayor parte de las manifestaciones culturales españolas era, y sigue siendo, bastante pesimista. Me parece que la cultura española, en general, quedó perfectamente resumida en una fotografía de Manuel P. Barriopedro. En la fotografía, tomada en 1979, un hombre se pega una siesta sobre un carro  aparcado frente a una tapia en la que se lee “Arriba España”, el lema está pintdo de forma bastante tosca. Debajo, el hombre duerme con una indolencia muy española. Y así creía yo que estaban, en general, la cultura y la gastronomía española: durmiendo una siesta enorme.

©Oscar Soneira
© Oscar Soneira

Salimos al exterior y el paisaje se convirtió en una especie de zoótropo infinito. Sería un paisaje muy repetitivo hasta que saliéramos de las zonas urbanas. Postes de la electricidad, polígonos industriales, zonas residenciales exhaustivamente clonadas. Allá, al fondo, el destello del Mediterráneo.

Un poco así está la gastronomía española, pensaba yo, clonada hasta la saciedad: neotabernas de croqueta, callo y ensaladilla rusa. Vermut y cerveza artesana. Arroces paupérrimos. Hamburguesas tremendamente caras y complejas. A lo lejos, los restos destelleantes de la vanguardia, como la cola de un cometa que se aleja.

Merece un aparte la comida, por ejemplo, que sirven en el mismo AVE o en el ARS de la Estació de Sants. Un asco.

Me preguntaba cómo se tomarían mis palabras los asistentes a la entrega de premios aquella noche si enfocaba mi discurso de agradecimiento en ese sentido.

Mal, sin duda.

Esperaban de mí grandes alabanzas, una gran arenga. Como si fuera yo el Leónidas que tuviera que liderar la resistencia nacional ante el avance de nórdicos, latinoamericanos, asiáticos… Me vino a la cabeza, de nuevo, algo de Monterroso. No sé por qué andaba yo obsesionado con el escritor guatemalteco esos días, quizá por un texto que debía entregar. Sea como sea, me vino a la cabeza un microcuento titulado La mosca que soñaba que era un águila, una fábula brevísima en la que una mosca que deseaba ser un águila sentía una angustia metafísica cuando soñaba que lo era porque sus enormes garras y el pesado pico, todo su gigantesco cuerpo, le impedía “posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto”. ¿Mi punto de vista sobre la gastronomía española era que sufría los mismos delirios de grandeza que la mosca?

Qué sabía yo, el paisaje de zoótropo ferroviario me estaba sumiendo en una ñoña muy tremenda y empecé a cabecear. Pronto temí que acabaría dando topes contra los vidrios de la ventana del AVE que me llevaba a la muy diplodótica celebración de aquella noche.

En otra de sus brevedades, un pequeño escrito titulado Humorismo, Monterroso escribe que “todo lo que hace el hombre es risible o humorístico”. ¿Leen a Monterroso los cocineros y gastrónomos españoles? Sospeché que no, que se tomaban demasiado en serio.

Y luego, al fin y al cabo, ¿qué es la gastronomía española? ¿De qué tenía yo que hablar? Sabía que Anchón me preguntaba sobre el nivel de los mejores restaurantes de España y sus cocineros. Pero, ¿es eso la gastronomía de un país? ¿Y lo que se come en casa? ¿Y los bares? Peor aún: ¿y los colegios? ¿Cuál era mi opinión sobre la gastronomía de cada día? ¿Qué opinaba yo de esa gastronomía de puertas adentro, de la gastronomía que no subimos a Instagram, de la cesta de la compra del cliente anterior a mí en la cola del supermercado?

¿Somos un país gastronómico, como pretenden algunos?

Citando mal a Monterroso en Dejar de ser mono: hace más de dos décadas que los críticos pudieron convencer al mundo de que éramos un país gastronómico porque teníamos elBulli; ahora quieren convencernos a nosotros mismos.

Nunca me he sentido cómodo con la etiqueta de crítico, siempre he preferido que me llamen cronista.

Llegaron las bandejas de comida y me costó trabajo convencer a la azafata de que prefería ayunar. Intenté ser muy cortés, a pesar de su insistencia.

¿Dónde están las legiones de cocineros que se forman en las escuelas de hostelería españolas? No están en las colectividades, no están en las áreas de servicio.

— ¿No están los cocineros en este tren?— le pregunté a la azafata. Ella me miró extraño.

Habíamos dejado atrás los desérticos Monegros y nos adentrábamos en tierras de Castilla. Tan previsibles y extensas como podía terminar siendo mi discurso. Yo, que nací en el Mediterráneo, nunca entendí esa obstinación de la tierra firme y el latifundio por repetirse a sí mismos, como no entendía que algunos cocineros se dijeran creativos y, en realidad, tan sólo repetían el camino recorrido por unos pocos, imitando torpemente sus técnicas.

© Oscar Soneira
© Oscar Soneira

Admiraba, por supuesto, a algunos cocineros valientes que decidían recorrer su propio camino. Pero con ellos solía pasar lo mismo que con la oveja negra del cuento

«En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra.

»Fue fusilada.

»Un siglo después el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

»Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas, para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.»

Sí, también de Monterroso.

Me desperté tras una siesta en la que había caído sin darme cuenta. Una siesta considerable, diría yo, estábamos llegando a Córdoba y quedaba muy poco trayecto.

Me desperté con una idea. Les hablaría y no les diría nada. Les hablaría de todo, también de la burbuja de la gastronomía. Pero callaría más de lo que diría. Y subiría a recoger el premio con una copa de vino en la mano, lo que me eximiría, creía yo, de alargar el discurso. Quizá pensarían que había bebido demasiado. Tal vez fuera cierto.

Por la noche subí al escenario a recoger mi premio e invoqué a Monterroso por última vez aquel día.

«Cuando despertó, el suflé todavía estaba henchido.»

“El sufllé” es el segundo de los cuatro cuentos de temática gastronómica basados en grandes relatos cortos de la historia de la literatura. En esta ocasión el autor toma como inspiración “El dinosaurio”, de Augusto Monterroso, y en general las brevedades del escritor guatemalteco. Además, el texto oculta varios guiños a la obra de Enrique Vila-Matas. Este relato fue publicado originalmente en el número 2 de Zouk Magazine. Todas las ilustraciones son de Oscar Soneira.
Procuro no escribir con la boca llena.

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