El cielo de piedra

 A P. A.

Colgó la chaquetilla pero no logró librarse de su peso, y salió a pasear.

Tomó la pista de cemento, que ascendía mansamente hacia el cerrado verdor del bosque de hayas y alisedas, y antes de cruzar el puente se detuvo un instante. El cielo se había cubierto de nubes, la tormenta era inminente, y el cubo de cristal que sobresalía del caserío estaba rodeado de luz suspendida en la humedad. «Luz de futuro, de nave espacial», pensó. Pudo ver cómo la brigada limpiaba la cocina antes de empezar a preparar el servicio de la noche. Escuchó el primer trueno.

Atravesó el puente y se desvió por el sendero que descendía hacia las cuevas. Respiró hondo. El aire estaba cargado de piedra, hojas, lombrices, musgo.

Pensaba, todavía, en las palabras de Arelló. Durante la sobremesa, cargada de whisky y tabaco, discutieron sobre los límites de la gastronomía, sobre líneas infranqueables. Hablaron de Paolo Lopriore, de aquél riñón casi crudo que comieron en casa del cocinero italiano. Había recordado su completa oposición, el asco hacia aquel plato, pero Arelló defendía su audacia. «Tú sólo entiendes la cocina como un placer pero ¿y el reverso negativo?¿Por qué no propones al comensal que sufra y que sienta dolor?¿Por qué no te atreves con la muerte? Nadie lo ha hecho». Tomó un trago de whisky y se defendió arguyendo que para un crítico era muy fácil opinar, «dibujar teorías», había dicho, pero que sus clientes no entenderían, que los podía perder, y también las estrellas, que al final toda esa experimentación terminaría como había terminado para Lopriore, con muchas deudas y el restaurante cerrado. Arelló sonreía, sabía que había sembrado algo, y cuando estuvo satisfecho se retiró a la oficina para echar una siesta. Se iría al despertar.

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© Bruna Valls

Había empezado a llover, apretó el paso. Las botas se hundían en la tierra del camino y había oscurecido un poco más, como si la noche se hubiera adelantado. Pronto llegaría al pedregal que ascendía hasta la entrada principal de las cuevas. Desde el interior, contemplaría el manto gris de la lluvia. Allí esperaría a que pasara la tormenta.

Llovía cada vez más intensamente y un riachuelo se descolgaba por el pedregal. Las botas, contra el musgo y las piedras, resbalaron en un par de ocasiones. Se sentía diminuto, bajo la lluvia, en la cueva. Y le gustaba estar ahí. Ahí dentro el aire estaba ocupado, muchos antes que él habían contemplado una lluvia parecida desde ese interior, durante miles de años.

Quizá ya estaba algo más relajado, las palabras de Arelló no resonaban tanto en el interior de la cueva. Y, tal vez un poco distraído, confundió el ruido con un trueno y cuando quiso apartarse ya era demasiado tarde. Saltó hacia atrás, la bota izquierda falló, sintió el impacto, perdió la visión y fue como dormirse de golpe.

Regresó del desmayo y no pudo ver nada. Sentía el sabor metálico y salado de la sangre y le dolía un brazo. Podía moverse, pero apenas tenía espacio. Olió a tierra y humedad. Comprendió muy pronto que había quedado encerrado, cubierto por un desprendimiento, y buscó en su bolsillo. El teléfono estaba ahí pero no tenía cobertura. Con la pantalla iluminó alrededor y pudo ver unas paredes de roca a las que estaba muy pegado. Intentó, con el otro brazo, mover una piedra. Empujó con el pie, pero no consiguió ni el más mínimo desplazamiento. Se tocó la frente en busca de la herida y sintió el tacto tibio y viscoso de su sangre.

Gritó pidiendo ayuda.

Procuró tranquilizarse pensando que tarde o temprano llegaría alguien y retiraría las rocas. Que podría escucharle como podía escuchar la lluvia que, todavía, caía sobre el bosque. Olió la roca, los hongos, las lombrices y, también, a leña quemada. Gritó, de nuevo, esperando que alguien pudiera escucharle, quién quiera que hubiera encendido el fuego. Pero ahí no había nadie. Volvió a coger el teléfono, buscando cobertura lo acercó a las piedras tanto como pudo. Una raya apareció y desapareció al cabo de un instante. Poco a poco, dejó de escuchar el ruido de la lluvia.

Lo extraño del sueño es que podía oler a leña quemada. Le llegaba a través de las rocas junto a un rumor como un cántico grave o los ronquidos de algún animal. Intentó moverse, apenas tenía espacio para estirar las piernas, estaba pegado a las rocas. Sacudió todo el cuerpo pero sólo consiguió clavarse un canto en la espalda y hacerse algún rasguño en los pies y los brazos. El frío de la piedra penetraba en su cuerpo, poco a poco. Gritó un gruñido que no reconoció como suyo. Se despertó sobresaltado.

Intentó liberarse de nuevo, sin el menor resultado. Las piedras que se habían soltado con el desprendimiento habían quedado bien compactas y aún tenía suerte de que se hubiera formado aquel espacio. Gritó otra vez, aunque sabía que nadie podía oírle. Buscó el móvil, la batería se estaba acabando y no alcanzaba a encontrar cobetura. Tenía que relajarse, le encontrarían. En el restaurante sabían que visitaba las cuevas a menudo. Irían a buscarle tarde o temprano, cuando empezara el servicio y él no apareciera o, mejor, después del servicio. La brigada cumpliría con su deber y luego irían a buscarle, lo prefería así. Mantendría la calma y, cuando le desenterrasen, diría alguna frase ingeniosa. O les recriminaría que no estuvieran limpiando la cocina. Algo se le ocurriría. Diría la frase y nadie pensaría que había temido por su vida, que estaba pensando en la muerte. Aunque quizá eran las palabras de Arelló, que volvían como un bumerán: «¿Por qué no te atreves con la muerte?». Y, también: «La cocina quiere despertar placer, pero siempre parte de la muerte. Comemos cadáveres». Arelló le había lanzado un reto, cocinar la muerte, trasladar, en un bocado, sensaciones oscuras, negativas. Una cocina no necesariamente buena. Pensaba en la muerte, en la suya y en la que tal vez se pudiera trasladar a un plato, y el sabor salado y metálico de su sangre se mezclaba con el olor a tierra y hongos y leña quemada. Se mareaba, o era más bien sueño, una pesadez contra la que no podía resistirse.

Sentía las piedras contra su pecho desnudo. El olor a leña era cada vez más intenso, también el cántico y los pies arrastrándose. Estiró la mano buscando el diente blanco, pero le habían quitado el pellejo y todo lo que guardaba dentro. Sin el diente blanco estaba perdido, el diente que había arrancado a la bestia le daba valor, fuerza. Sin él, nada bueno podía ocurrir. Otras voces se sumaron al cántico y escuchó más pies. Tenían que ser los que vivían en la cueva, le habían capturado mientras cazaba en el bosque. De nada le había servido llevar el diente blanco encima. Los de la cueva, los que guardaban la llama, los que observaban desde el interior, los de las altas sombras que bailaban con la luz de la llama. Le habían robado el diente blanco y lanzó un gruñido. Intentó liberarse golpeando la piedra y el cántico se hizo más intenso.

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© Bruna Valls

Se despertó. El silencio era absoluto. Sólo escuchaba sus movimientos, su propia respiración. El sueño había desaparecido pero ahí estaba el olor a leña, cada vez más intenso y mareante. Se le cerraban los ojos, se esforzaba por mantenerlos abiertos pero tenía tanto sueño. Y aquél olor.

El cántico y el arrastrarse de los pies en el suelo cesaron. Gruñó, mostró los dientes, aunque ahí dentro nadie podía verle. Escuchó otro ruido. Alguien removía la arena. Luego nada. Luego uno nuevo rumor, de la voz más grave, y unos pasos que se acercaban.

Alguien apartó una piedra y entró una luz roja, deslumbrante, a través del agujero. La voz grave empezó de nuevo su cántico. Al principio no pudo verle pero sabía que era uno de ellos, el de la voz grave. El que mira más allá. Levantó otra piedra, a la altura de su pecho, pero no cabían por ahí sus manos. Tampoco podía mover los brazos. Retiró dos piedras, aunque no para liberarle, sino para echar algo dentro. Una vez vio como se comían a uno de los suyos. Y por el agujero echaron leña quemada. Y él gruñó como había visto gruñir a tantos antes de morir.

“El cielo de piedra” es el primero de cuatro cuentos gastronómicos basados en otros tantos relatos de la literatura corta que estoy escribiendo para Zouk Magazine. En este caso, tomo como base La noche boca arriba, de Julio Cortázar, y no satisfecho con brindar un homenaje al gran Cronopio, oculto dos guiños más, dedicados a Pau Arenós y a Andoni Luis Aduriz. Este relato fue publicado originalmente en el número 1 de Zouk Magazine. Todas las ilustraciones son de Bruna Valls.
Procuro no escribir con la boca llena.

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