Descalabro

«Cada caída es una oportunidad de aprender», le dice la encargada del restaurante a mi hijo. Él está bastante magullado. Lleva un verano de caídas complicadas: un brazo escayolado, la cara llena de costras… lo normal en un niño de tres años, casi cuatro. Sólo piensa en jugar.

Yo pienso en la crisis. Me pregunto si cuando salgamos de ella habremos aprendido algo. Pienso en el gran descalabro precisamente después de visitar el restaurante en el que me encuentro, enésima puesta en escena de Lázaro Rosa Violán, interiorista omnipresente, dotado de un talento asombroso para su oficio y para los negocios. Algún día se hablará de una época Violán, cuando alguien en Canberra quiera montar un restaurante con aires barceloneses se inspirará en su estilo. Y, desde la tumba, Keith McNally se partirá de risa.

Pienso también en la nueva normativa municipal que pretende devolver la Rambla al barcelonés. Tras décadas de abandono a la fórmula paella sangría souvenir “el equipo de gobierno municipal pretende que en la Rambla se instalen negocios que tengan un valor añadido de ámbito cultural”.

Pienso,luego, en la moratoria para salvar comercios históricos. Medida tan celebrada y popular como paternalista. Necesitamos que los gobiernos salgan a socorrernos porque carecemos de cultura para entender nuestro patrimonio y de orgullo para defenderlo.

Al cabo de un rato, pienso en la ensalada César y el estofado de seitán con verduras que me acabo de zampar. Y pienso en nuestra cocina, la cocina de Barcelona, esa esencia que, francamente, no sabemos cuál es ni dónde está.

Aún estoy de pie ante la simpática encargada, que conversa con mi hijo.

Me pregunto si en este restaurante sin cocinero, si en este agradabilísimo lugar donde se puede comer una especie de comida fácil y vaga, se aplicará algún día una normativa municipal de rescate culinario.

No necesitamos otra ensalada César ni otra croqueta de la abuela.

Y mientras se perpetran, esperaremos al tataki fatal con el que nos atragantaremos, ya definitivamente.

Procuro no escribir con la boca llena.

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