Del deber de morir sin dramatismo

Aunque nadie puede asegurarlo fehacientemente lo más probable es que algún día estiréis la pata. Parece ser que le ocurre a todos el mundo, no se tiene conocimiento de un ser humano inmortal, y aunque vosotros, o uno de los dos, podríais ser la excepción, hay que prever lo contrario.

Aceptar que vais a morir es un bálsamo para cualquier pena. Cuando pasas una mala racha, tienes el consuelo de la muerte. Probablemente os suene el nombre de Roberto Bolaño, me habréis oído hablar de él porque leerle ha sido una obsesión durante un buen periodo de tiempo.

Bolaño fue un escritor muy celebrado, especialmente después de su muerte, aunque también un poco antes de morir. Sin embargo, durante la mayor parte de su vida fue un pobre gato, un perfecto desconocido, como su  mejor novela, Amberes, que años después de haberla publicado sigue siendo bastante ignorada.

Bien, pues dijo Bolaño que las pasó muy crudas antes de triunfar y que cuando las cosas se ponen muy feas siempre te queda el suicidio. No creo que Bolaño quisiera morir, más bien creo que se agarró a la vida, y en su caso la vida quizá fuera la literatura y dejar de escribir fuera quizá la muerte pero, sin desear la muerte ni dejar de escribir, Bolaño le dio a la muerte un sentido práctico con esa frase que, por cierto, no entrecomillo porque no la hallo y se la leí a Enrique Vila-Matas, que como es bien sabido se ha dedicado siempre a inventar cosas que todavía no han existido, o que no han existido en parte, así que quizá Bolaño jamás dijera esa frase y fuera Vila-Matas quién la soñara pero, en cualquier, caso, qué mareo, ¿se entiende lo que estoy tratando de expresar, verdad?

Morir puede ser un consuelo en determinados momentos, aunque es primordial evitarlos, y también sirve como lente que otorga cierta perspectiva al observador. Cuando os encontréis ante una gran dificultad pensad que saldréis de ésta –de la vida, en general– con los pies por delante y así os podréis relajar un poco y relativizar lo que os preocupa, nunca será tan grave, vosotros pasaréis, las complicaciones pasarán y hagáis lo que hagáis terminaréis fuera de vuestro cuerpo y quién sabe qué sucederá cuando la vasija se haya roto y vuestro pensamiento campe a sus anchas, e igual le pasará a otro que se haya preocupado y sufrido muchísimo, y tampoco le habrá servido de nada tanta obcecación, así que quizá lleguéis a la conclusión de que hagáis lo que hagáis es aún más importante lo que dejáis de hacer. Dejad de preocuparos, no sirve para nada: salid a pasear y comprad un helado. Eso no lo podréis hacer una vez muertos.

Sirva todo lo anterior para observar que la muerte, aunque es siempre inconveniente y casi nunca llega cuando uno la desea, y si la desea suele ser por motivos equivocados, es en cierto modo útil mientras estamos vivos y como a toda cosa útil, como a un destornillador, u na bombilla o un automóvil, no cabe tenerle miedo. No cabe tenerle miedo a la muerte ni obsesionarse con ella porque es inevitable y puede servir de consuelo en limitadas, contadísimas ocasiones, y además no hay que tenerle miedo porque uno sólo se muere una vez, es decir, sólo tenemos una oportunidad para morirnos de la mejor manera posible, así que hay que aprovecharla.

En primer lugar es necesario acercarse a la muerte con el mejor humor. Yo me he hecho ese propósito porque no quiero amargaros la existencia –mataros en vida, mortificaros– durante el tiempo que pase entre el diagnóstico que me dé por terminal y mi expiración. Desahuciado ya, mi intención es concentrarme en algunos flecos que haya podido dejar. Despedirme de determinadas personas, quizá mandar a paseo a otras con las que tenga alguna rencilla por resolver o que me resulten muy pesadas –también hay placer en eso–, escribir mis últimas voluntades de forma precisa, pasar tiempo con vosotros y vuestra madre, si me sobrevivís, como yo deseo. En fin, estas cosas. Creo que durante mi agonía charlaremos mucho y beberemos borgoña, si me sienta bien. También me gustaría probar la heroína, por lo menos una vez. Al fin y al cabo, y ahora sí le tomo una frase prestada a Vila-Matas, aunque él dijo que la frase la inventó Joyce y luego, durante un tiempo, afirmaba que la había soltado Kafka: “pase lo que pase, lo correcto es largarse”.

Lo correcto es largarse y cuando uno muere puede largarse a la francesa, digamos que en un accidente que le lleve a uno en el acto, o bien entreteniéndose en la despedida tanto como el cuerpo permita. Yo prefiero marcharme, por una vez, despidiéndome de la forma correcta y, si es posible, dejando alguna sorpresa.

Erik Satie dejó un par de sorpresas dignas de mención. Cuando tras su muerte sus amigos entraron a su domicilio con el propósito de cerrarlo y retirar las pertenencias del compositor encontraron en primer lugar una inmensa colección de paraguas, objeto que Satie jamás usaba, una colección de paraguas que seguramente tomó prestados a lo largo de su vida, porque tampoco los compraba. Lo segundo que encontraron los amigos de Satie fue la correspondencia de toda una vida, correspondencia de la que en parte habían sido partícipes y que estaba intacta. Satie nunca abrió los sobres aunque respondía a todas las cartas, las respondía sin leerlas, se entiende. Creo que todo eso aparece en un libro que os legaré, un librito delicioso escrito por el mismo Satie que se titula Memorias de un amnésico y otros escritos. Está en la estantería.

Otro personaje fascinante que dejó un eco memorable fue Byron. En otro libro brevísimo, escrito magníficamente por Giuseppe Tomasi de Lampedusa, se cuenta que un mes después de la muerte del Lord llegó a Inglaterra un amigo que había viajado con él hasta Grecia. Llevaba El Don Juan, las memorias del poeta y una gran caja. Cuenta Lampedusa que las memorias fueron quemadas en presencia de la viuda de Byron y Augusta Leigh, la hermanastra con la que quizá había mantenido una relación incestuosa, y que la caja contenía retratos en miniatura de todos los amigos a los que quería y de todas las mujeres a las que había amado Byron, trescientos en total. El Don Juan, obvio, fue publicado.

Pero qué belleza de caja, ¿verdad? ¿Os imagináis encontrar algo así bajo mi cama? No creo que tenga la paciencia, ni el tiempo, ni el espíritu, quizá lo único que yo os deje sean estas líneas. Estas líneas y mi libros. La biografía de Byron por Lampedusa también os espera en la estantería.

Por si acaso, mirad bajo la cama.

Cuando muera aspiro a no daros mucho la lata. Quizá, como máximo, os pediré que me acompañéis a una isla del Adriático, una isla que aún no conozco, una isla que quizá no sea una isla, quizá sea un bosque, quizá sea un lugar que aún no hemos visitado, pero será un lugar nuestro. Quizá sea nuestra casa, esta casa en la que ahora mismo entra una luz muy otoñal aunque estamos a principios de abril, esta caja de luz, esta casa en la que vivimos hacia afuera, la misma en cuyo suelo estáis sentados viendo la televisión en esta mañana de sábado de primavera que sin embargo parece una mañana de Flandes. Quizá os pido que vengáis, será todo lo que os pediré, a pasar unos días como lo hacen los protagonistas de La Isla, otro libro breve, escrito por Giani Stuparich. Este librito, mirad en la estantería, es principal para que comprendáis lo que significa morir sin dramatismo –olvidaros de caballeros medievales y pilotos kamikaze–, permitid que os copie los últimos párrafos:

Encontró a su padre recostado en los almohadones, con un cigarrillo entre los dedos. Todavía tenía ganas y fuerzas para fumar. La noche le había dejado en el rostro los signos de un cansancio que había alcanzado ya su límite extremo; en los ojos opacos y en la boca casi irónica, la expresión de una voluntad decidida.

—Que ni siquiera se te pase por la cabeza la idea de que me lleven al vapor. Iré por mis propios pies.

Se levantó para afeitarse. Venció el primer tambaleo apoyándose en la cabecera de la cama.

—Eso es, para ir al vapor, me cogerás tu del brazo, <<el bastón de mi vejez>>.

Así era como el hijo había conocido a su padre y así, sobrepuesto a las últimas insidias del abatimiento, era como su padre moría, siendo él mismo, conservando su orgullo de hombre superior a las vicisitudes, más fuerte que su propio destino. Esa era su verdad, su verdadero primer plano: todo lo demás, incluso la mentira de aquellos últimos meses, quedaba en el fondo.

En el barco, el padre quiso permanecer en cubierta para despedirse de su isla; luego bajó a la cabina.

El hijo vio empequeñecerse la isla, desvanecerse en el horizonte bajo el inmenso resplandor del mar. Fue aquel el primer momento en el que tuvo conciencia precisa y simple de lo que perdía al perder su padre.

Así termina La isla, una novela corta y muy luminosa. La encontraréis en la estantería.