De lo pertinente de perder el tiempo

En esta ilusión tejida por todos los que nos precedieron y que nosotros mismos tejemos y llamamos realidad, en este tapiz tan detallado, tan verosímil, nos está permitido creer, se nos inculca desde la infancia, que disfrutamos de distintas posesiones: unos calcetines con forma de gato, una mochila con superhéroes de Marvel, un patinete y una pelota, una motocicleta ligera, un reloj –la más retorcida de las ilusiones–, un utilitario con un buen equipo de sonido para acercarnos a la Universidad o al centro de trabajo, un piso de alquiler en cuyo interior dispondremos un colchón de muelles o de látex, un refrigerador con comida envasada y lista para consumir,  un televisor con un centenar de posibilidades de distracción, un vehículo un poco más equipado y más espacioso, en el que colocaremos una silla de seguridad para bebés, una casa de propiedad, quizá con jardín, quizá con piscina, un seguro de vida, herramientas eléctricas para podar algunos arbustos caducifolios que requieren cierto descanso invernal para renacer con brío cuando llegue la primavera… A cada uno nos es permitido creer que poseemos cierta cantidad y calidad de objetos en función de la cantidad de dinero que nos es permitido creer que poseemos. Es una ilusión monstruosamente compleja, que se sostiene con la complicidad de la inmensa mayoría de la humanidad, y un pacto que reconoce la propiedad siempre y cuando esta se haya consolidado mediante el intercambio de cierta cantidad de moneda o tras el paso de cierto tiempo, tal vez siglos, si se consiguió mediante el uso de la violencia.

Pero es absurdo.

Sólo poseemos una cosa y ni siquiera es una cosa ni la poseemos, más bien ella nos posee a nosotros y nosotros somos su objeto. Pero vamos a llamarle ‘cosa’ y vamos a convenir que ‘es nuestra’, vamos a asumir que esa única cosa que tenemos se llama tiempo.

Lo único que tenemos es tiempo, es lo único de lo que podemos disponer. Es el único verdadero valor que jamás administraremos. Tiempo. Y ni siquiera sabemos cuánto, podemos estimar que a día de hoy la esperanza de vida en nuestro país es de 86 años para las mujeres y 80 para los hombres, y a partir de ahí podemos ir calculando, reajustando, cuánto tiempo nos queda en función de cuánto hayamos vivido pero como todo el mundo sabe la vida es impredecible y puede terminarse hoy mismo, dentro de un segundo, cuando se termine esta línea. Punto y final.

Esta condición imprevisible del tiempo, además de lo imposible de administrarlo o de generarlo a nuestro antojo, lo hace más valioso que cualquier otro bien o, mejor dicho, que cualquier otra ilusión de bien que creamos poseer.

Por eso resulta tan repugnante aquella expresión, tan recurrente, que dice que uno debe ‘ganarse la vida’; jamás la aceptéis como cierta.

Uno no debe ganarse la vida puesto que la vida ya os fue entregada y, aún siendo consciente de que la predeterminación no es concluyente y que podéis hacer mucho para acortar, aunque nunca para aumentar, vuestra cantidad de tiempo, quien os diga lo contrario, quien afirme que la vida no os pertenece y que por lo tanto os la tenéis que ganar, estará intentando que os sometáis a su voluntad o a la voluntad colectiva de mantener viva la ilusión del florido tapiz de las posesiones. La vida os fue entregada en el momento que nacisteis y tras unos años de tutela durante los cuales os habría resultado muy difícil, sino imposible, sobrevivir por vuestra propia cuenta, ya estuvisteis listos para hacer con esa vida, con ese tiempo, lo que os dé la real gana.

Yo os invito a subvertir esa ilusión de realidad, ese tapiz, yo os invito a derrochar profusamente tanto tiempo como os sea posible. Dicho de otro modo, os invito a ser personas soberanas, seres que hacen con su bien más preciado lo que les parece, perderlo, echarlo al retrete y vaciar el depósito. Mirar las musarañas. O un grillo.

Os dirán que debéis emplear el tiempo en actividades productivas, en tareas que permitan que la sociedad medre y yo os digo que preguntéis «¿por qué?«, la mayoría de las veces os responderán que es preciso ‘ganarse la vida’ pero vosotros ya sabéis que vuestra vida os la entregó vuestra madre durante el parto.

Lo que hay que hacer es asegurarse cierto nivel de bienestar y de encaje dentro del tapiz. El nivel de bienestar suele medirse, por lo común, sumando la cantidad y calidad de vuestras supuestas posesiones, mientras que el encaje suele determinar que estéis o no en una celda o durmiendo en la calle o bajo techo.

Diréis que ante esta perspectiva es necesario que invirtáis vuestro tiempo en ganaros la vida pero la respuesta sigue siendo negativa. Derrochad tanto tiempo como sea necesario en pensar como podéis ser felices, cuanto antes deis con la respuesta, antes encajaréis en el tapiz y empezaréis a sumar ilusiones de posesión algo que, aunque ilusorio, no está mal e incluso es necesario en este plano de la existencia. Hasta que encontremos otra interfaz en la que vivir, ¿qué otra cosa podemos hacer? Vais a tener que adaptaros a la ilusión pero nunca perdáis de vista que vuestra única posesión es cierta cantidad indeterminada de tiempo.

En caso contrario, en caso de perder de vista la irrealidad de la interfaz, caeréis en una inercia terrible, en la tristísima carrera de ratas de las posesiones, una carrera de la que irremediablemente saldréis perdiendo porque siempre habrá alguien, cerca de vosotros, que poseerá más cantidad de objetos u objetos de mayor calidad que los vuestros. Solo unos pocos, la breve hegemonía interesada en mantener la creencia de que es necesario ‘ganarse la vida’ saldrá airosa de la carrera de ratas, lo que convierte a esa hegemonía en las Ratas Mayores del Tapiz de las Ilusiones, título de honor discutible.

Además de ser un ejercicio de soberanía, perder el tiempo me parece un ejercicio de resistencia moral. Vivimos en una sociedad, la interfaz, el tapiz, que pretende mantener ocupados a los sujetos que la forman el máximo tiempo de vigilia posible, tal vez con la intención de evitar que piensen por sí mismos, tal vez con el objetivo de que los individuos sean útiles a las Ratas Mayores o tal vez con la voluntad de evitar que los individuos recorran el camino del autoconocimiento, esto es, al descubrimiento de la individualidad, algo que debe horrorizar a las Ratas Mayores. A los individuos que han desarrollado su individualidad, proceso que precisa derrochar tiempo, les considerarán inútiles y les descartarán, nos les prestarán atención, pero si la mayoría de individuos fueran inútiles su pretensión de emplearnos como herramientas productivas al servicio de sus voluntades y caprichos sería insostenible.

Bartleby, el personaje de Herman Melville que prefiere no hacer aquello que su jefe le dicta –de hecho no hace nada– es un inútil insigne que a base de resiliencia fija su domicilio en la oficina donde trabaja y fuerza a su jefe a cambiar la sede de su empresa. En 1853 –fecha de publicación de Bartleby, el escribiente– Melville ya advirtió de los peligros de no hacer nada: Bartleby termina en la cárcel, donde puestos a no hacer nada ni siquiera come y se deja morir de hambre. Este es otro librito que tenéis en la estantería.

Podríais objetar que os estoy invitando a la indolencia y al egoísmo. Y bien, quizá sea así, quizá sí debáis cultivar ambas cualidades sin abusar de ellas. Quizá cierta dosis de ambas contribuyan a que os conozcáis mejor a vosotros mismos, a descubrir qué queréis hacer en esta vida, a elegir sin precipitación ni adocenamiento vuestro camino y, por tanto, quizá la indolencia y el egoísmo bien administrados os lleven a la felicidad y, desde la felicidad, quizá podáis contribuir a la felicidad de los demás.

Intentarán que creáis que debéis emplear cada segundo de vuestra vida en hacer cosas útiles. No lo hagáis, preferid no hacerlo.