De la ligereza de silbar

Ayer murió Sergio Pitol. Y decía Pitol que los novelistas son personas que oyen voces a través de las voces y que con eso van trazando el mapa de su vida. Yo creo que eso es como decir que un novelista es alguien que encuentra lecturas en la lectura y que así va trazando su escritura. O que un lector es alguien que vive en muchos mundos y estos son mundos muy sutiles porque son los mundos poblados por voces, lecturas y ficciones.

En Arbovale, una aldea de Virginia Occidental, Estados Unidos, hay un grupo de gente que no son novelistas, o que no sabemos si son novelistas, pero que también tienen la capacidad de escuchar voces a través de las voces. Este grupo trabaja en las instalaciones del telescopio de Green Bank, un enorme ingenio tecnológico destinado a encontrar señales de vida extraterrestre que funciona dentro del programa SETI.

En agosto de 2017 el analista que interpretaba las señales recibidas por el telescopio hizo un hallazgo inesperado: el telescopio había registrado señales de radio, quince latidos emitidos desde un rincón muy lejano del Universo, señales que podrían haber sido enviadas por una inteligencia distante, que habrían cruzado un éter infinito, que se habrían cubierto de polvo estelar durante su viaje por el abismo y que habrían burlado cinturones de asteroides y que, después de todo, tal vez por casualidad, habían caído en una aldea donde la oficina de correos llevaba cerrada diez años, desde 2007, seguramente porque nadie la usaba, ni se enviaban cartas ni se recibían, pero en cambio sí se recibían señales que provenían del repetidor FRB 121102, un punto lejano de la cartografía celeste, tan lejano que es imposible imaginar la distancia, un lugar más allá de las galaxias desde el que se había emitido una señal, una voz que había traspasado todas las voces y que había escuchado un analista que la había aislado del resto de señales del Universo.

Bien podría ser un silbido, o quince, quizá un silbido o quince silbidos emitidos desde la Tierra que habrían viajado hasta el extremo del Universo, rebotado en sus límites y regresado hasta encontrar el cáliz del telescopio de Green Bank. Un cáliz metálico en medio de la nada boscosa y húmeda de Virginia Occidental. O quizá hubiera silbado alguien desde las proximidades del repetidor FRB 121102 y el silbido sólo hubiera hecho un sentido del trayecto, un trayecto prodigioso en cualquier caso, una odisea en toda regla a través del tiempo y del espacio, de las nebulosas y de los agujeros negros, un trayecto que llevaba todas las de perder pero que sin embargo había terminado en éxito, o quizá en fracaso, porque quién sabe si el silbido se silbó con la intención de llegar a Arbovale o bien había caído sin pretenderlo en un punto insignificante del Universo, como todos los puntos el Universo, porque si acaso hay algún punto del Universo que tenga interés ese punto es el vacío donde el Universo tiembla y se convierte en silbido, algo tan ligero, tan insignificante, y ese silbido algún día, eones más tarde, caerá en un punto llamado Arbovale, pero Arbovale no es un lugar interesante.

Silbar es un acto infravalorado, como escuchar a través de las voces, o ser analista de señales extraterrestres, o ser cartero en Arbovale. Son cosas que nadie aprecia, cosas aparentemente inútiles, tareas ligeras que sin embargo confirman que la ligereza es lo único que permanece. Que uno puede cerrar una oficina de correos pero que un alienígena con deseos de comunicarse encontrará el modo de hacer llegar su  carta al destino, o a algún destino, confirman, digo, que un habitante del otro extremo del Universo puede vencer todas las dificultades y que su mensaje no necesita sobre ni sello, solo un silbido, o quince silbidos cósmicos que atravesarán las adversidades que se crucen en su camino, que se abrirán paso a través de siglos, de milenios y de años luz, que ese silbido, como el del pastor de un rebaño de cabras en la Gomera, llegará a la otra pared del valle, o quizá a la otra pared del Universo, y hay un astrónomo, el doctor Laurance Doyle, que trabaja en el Instituto Seti de Mountain View, en California, que piensa que tal vez a través del Silbo Gomero pueda comprender algo, o intuir algunas cosas, acerca de hipotéticos lenguajes extraterrestres.

Imaginad ahora que estos silbidos que estáis haciendo despreocupadamente, en una mañana de domingo, soleada después de cuatro días de lluvia, imaginad, digo, que este silbido se escapa de casa a través de las ventanas y rebota en los muros de las casas vecinas, y se proyecta hacia las capas más bajas de la atmósfera, y luego las siguientes, y luego llega a las capas altas, donde no hay persona ni pájaro que pueda escuchar ese silbido, y luego escapa de la atracción de la Tierra porque el silbido es tan ligero que apenas está sometido a la Ley de la Gravedad, ninguna Ley somete a un silbido, y el silbido pasa muy cerca de la Luna, a miles de kilómetros de la superficie lunar, y luego sucede lo mismo con Marte y Júpiter, pero con los anillos de Saturno se enreda unos siete años por puro placer, y vosotros ya tenéis catorce, o nueve años, y el silbido sigue ahí, viajando por ninguna parte, por el negro abismo que es el Universo, y todos sabemos a estas alturas que el silbido, dentro de mil millones de años, después de caer en el cáliz de un telescopio metálico del repetidor FRB 121102, será interpretado por un doctor obsesionado con el Silbo Gomero, y tratará de comprender la naturaleza de los seres que emitieron ese silbido, y a duras penas logrará acercarse a definir con vaguedad a un niño y a una niña jugando a astronautas con unos clics de Playmobil, ellos todavía en pijama, todavía sin desayunar, sin importarles qué canción silban, qué quince pulsaciones silban, qué huella dejarán en el Universo, ignorando todavía la vanidad de trascendencia.

Silbar es eso. Uno silba cuando ha vencido todas las dificultades y no le importa cuándo llegará su mensaje. Sabe que llegará algún día a un punto irrelevante del Universo, y con eso basta. Quien silba sabe que su silbido arruga la materia y la antimateria y se expande sin fin, quizá impacte contra un muro, quizá le atraiga la avara gravedad de un agujero negro, pero eso sólo modificará su dirección, invertirá su dirección, le regresará al origen, donde se introducirá por el fruncimiento de los labios, entre los dientes frontales y la punta de la lengua, donde descenderá por la faringe y llegará a los pulmones del ser humano o alienígena o al centro de la circunstancia o del silbato que haya hecho temblar el aire en su más íntimo interior. Qué viaje alucinante.

Todos los gigantes caerán pero vuestro silbido permanecerá en algún lugar del Universo, quizá alejándose de la Tierra, quizá regresando a ella, quizá orbitando como un satélite obcecado.

Y algún día alguien lo escuchará a través de las otras voces. Y quizá por casualidad, caiga a vuestro lado. Y quizá seáis capaces de escuchar los silbidos que tiemblan entre las voces. Y entonces, sólo entonces, cuando seáis capaces de apreciar un silbido que llega desde el otro extremo del Universo, es decir, desde aquí mismo, entonces estaréis conectados con la eternidad.