De la importancia de elegir bien un camino

Nunca debéis elegir el trazado de un recorrido siguiendo criterios de eficiencia –menor distancia o más rapidez–, salvo que hayáis cometido una inexcusable falta de previsión u os apremie una necesidad perentoria de llegar en el mínimo tiempo posible a vuestro destino; por ejemplo si la vida de vuestra madre o vuestro padre depende de que lleguéis al hospital cuanto antes.

Salvando el inexcusable segundo supuesto y haciendo todo lo posible para evitar que se materialice el primero, el criterio para elegir cualquier recorrido, corto o largo, cotidiano o excepcional, necesario o de forma aún más consciente si lo emprendéis por placer, debe ser la belleza.

Si para llegar a vuestro destino podéis elegir entre transitar una calle cualquiera o bien tomar un desvío que os lleve a atravesar un parque, lo correcto será elegir el desvío. En primer lugar evitaréis la vulgaridad de una calle igual que tantísimas otras calles de aceras estrechas, transeúntes ensimismados, automóviles ruidosos, escaparates colmados de bagatelas y losetas sueltas que salpican de agua sucia el bajo de vuestros pantalones. Esa calle os entristecerá.

El desvío por el parque requerirá más tiempo, pero os ofrecerá más satisfacciones. Para empezar, vuestros pasos no estarán ceñidos a la angosta acera sino al universo, mucho mayor, que es el espacio urbanizado como parque.  Esto os permitirá regodearos en el paseo trazando sinuosidades, evitando peatones apresurados y pisando una diversidad de pavimentos.

Si se diera el caso de que el parque que cruzáis dispone de una variedad de suelos, podréis comparar distintas resistencias a la pisada y también os podréis detener en el más sutil arte de catalogar mentalmente el sonido de la grava -mi favorita durante el día–, de la tierra húmeda, del cemento –muy silencioso–, de la madera o cualesquiera fueran los materiales que sostuvieran vuestros pies. Si os decidís por elaborar el catálogo sonoro, no cometáis la torpeza de olvidar que distintas suelas producen distintos sonidos. No suena igual una tarima pisada con suela de goma que con suela de madera. Lo saben bien los bailarines de claqué.

En el parque, además, encontraréis distintas formas de vida, más abundantes que en la monótona calle que habréis descartado. Desde un punto de vista ornitológico, quizá el abanico animal más vistoso que podréis encontrar en un parque urbano, os aseguraréis enormes satisfacciones. En el parque de debajo de casa he tenido ocasión de ver una abubilla y un arrendajo, numerosos gorriones, lavanderas blancas, un petirrojo, urracas, tórtolas turcas… con el tiempo he aprendido a apreciar la tranquila belleza de las tórtolas y a situarlas varios escalones por encima de las palomas bravías que infestan las ciudades. Y aunque la abubilla y el arrendajo son aves muy vistosas, casi diría que espectaculares en un contexto doméstico, mi pajarillo favorito es el petirrojo. Elegid el vuestro, aprended a distinguir su canto, buscadlo entre las ramas, quedaros mirando unos minutos, con la cabeza alzada, hacia el cielo. Esos instantes ingrávidos no os los hubiera proporcionado la calle.

También encontraréis vida si miráis hacia abajo. Hormigas, lombrices, tal vez, escarabajos de caparazones irisados, quizá una hormiga transporte una hoja, o un trozo de hoja, quizá encontréis una babosa si acaba de anochecer y la humedad es favorable… quizá un petirrojo se coma a uno de ellos, así es la vida.

Si pudierais observar con un microscopio que tuviera capacidad subterránea, ¿qué no encontraríais a medida que penetrárais los distintos horizontes que conforman el perfil del suelo? ¿Hallaríais tan insultante cantidad de vida en los adoquines, el asfalto o las baldosas de la acera?

Hasta ahora nos hemos ocupado de los pájaros y los animales diminutos, del suelo y su calidad sonora y a la resistencia, pero también encontraréis numerosos binomios formados por perros y las personas que los acompañan, los primeros tirando de las correas que arrastran a los humanos, eso es curioso de observar, y aunque también podéis encontrarlos en cualquier calle común, en el parque los cánidos se encuentran a sus anchas y dirigen con mayor libertad a los siervos humanos. A este respecto hay quien insiste en que la relación de servitud es inversa, pero sólo hay que observar cómo los homínidos recogen las defecaciones de los perros o andan detrás suyo para distraerles y llevarles a pacer a lugares agradables, cómo se desviven para que la vida de los canes sea lo más agradable posible, para confirmar lo contrario.

Si cruzáis el parque por la mañana, encontraréis a personas de edad respetable intercambiando conversaciones. Observadles y valorad sus virtudes, proyectad en ellos vuestra propia vida y considerad si estaríais conformes pareciéndoos a alguno o bien, por lo contrario, preferiríais llegar a la tercera edad en mejor estado de forma. Si atravesáis el parque a mediodía encontraréis grupos de estudiantes, a algún borracho o grupo de borrachos aún en proceso de embrutecimiento, a personas atareadas que circulan de sus puestos de trabajo a sus lugares de almuerzo. Una contemplación atenta os permitirá establecer el ciclo de la vida productiva, siendo los primeros jóvenes herramientas afinándose para sustituir a las piezas del engranaje que representan los terceros; los borrachos son seres libres, aunque atados al alcohol, una soga aún más terrible que la vida de oficinista, porque si bien la segunda destroza los nervios la primera, además, malogra el hígado y lleva de forma mucho más rápida a la muerte que la servitud a un amo, agonía que puede prolongarse, lenta y suavemente, durante décadas.

Si os encontráis en el parque por la tarde quizá tengáis ocasión de contemplar a los pajarillos más hermosos que podáis encontrar, estos son los niños que salen de la escuela y arrastran a sus siervos –en una relación parecida a la de los cánidos y los homínidos– hasta los toboganes, los columpios y otras estructuras destinadas a complacer sus puros instintos de diversión. Ellos encarnan la felicidad y, al no haber caído aún en las garras de la vida laboral ni en las del alcohol, representan la imagen verdadera de la libertad. Si encontráis una manada de criaturas de esta índole, es casi obligatorio que os detengáis a observarlos. Vuestra madre y yo podemos dar fe, hijos, que hubo un tiempo en el que fuisteis como ellos; es vuestra obligación mantener el eco aquél en vuestras almas, de alimentar  la persona libre que fuisteis una vez, antes de que os corrompa la vida que sucede fuera del parque, en las calles que evitamos, si es posible, a toda costa. Cuando detengáis la observación de estos pequeños maestros del balanceo y el descenso de tobogán, volved a emprender vuestro paseo saltando levemente, musitando algo sinsentido, haciendo una pedorreta, es decir, rebelándoos de manera discreta contra vuestro yo adulto, manteniendo no ya la locura pero sí la consciencia en el estado prematuro de los niños.

Si os encontráis en el parque por la noche, quizá os sintáis amenazados y queráis apretar el paso. Si la cosa no va a mayores, eso también está bien. Ya solo encontraréis vagabundos, más borrachos –tal vez estos ejerciendo su embriaguez de forma festiva–, ah, y quizá algún gato. Temed más a los borrachos y a los gatos que a los vagabundos. Procurad, si podéis, ayudar a estos últimos prestándoles algún abrigo o invitándoles a comer, preguntadles su nombre. La mayor desgracia del vagabundo es perder su humanidad, esto es, perder su nombre, esto es, que nadie ya pronuncie su nombre, dejar de ser. Si un vagabundo os dice su nombre, repetidlo en voz alta, fingiendo que no lo habéis oído bien y os queréis asegurar de haberlo entendido, pero con la intención secreta de que el vagabundo pueda escucharlo de vuestros labios. Quizá sea la única vez en todo el día que alguien lo haya pronunciado.

En una ocasión me encontré en la necesidad de dormir en un parque de Tesalónica. Era en realidad una plaza ajardinada en medio de una calle amplia, casi una avenida que desembocaba en el puerto, era un jardín urbano carente de encantos que otros vagabundos, tesalonicenses en su mayoría, usaban para pasar la noche. Tomé un banco cerca de un grupo de tres personas, una mujer y dos hombres, con el peor de los aspectos. Los hombres dormían y la mujer estaba alerta, vigilaba y nos protegía a todos. Las primeras horas fueron aterradoras, tenía tanto sueño que veía doble, pero al fin caí dormido y cuando desperté, el trío había desaparecido pero todas mis pertenencias seguían ahí, bajo mi cabeza, dentro de la mochila.