De la estupidez de enfadarse con el mal tiempo

Tarde o temprano lloverá y esto es algo que debéis saber. Nunca los días soleados se repiten para siempre. Como escribió Tom Jobim en A felicidade la lluvia no tiene fin pero los días soleados, sí.

Soy un entusiasta de los días grises y lluviosos, esos días wagnerianos que le hacen sentir a uno toda la inmensidad del Cosmos o, es lo mismo, la ínfima dimensión de su vida, la inevitable sumisión ante los hechos o bajo la inmensa mano de Dios, de un Dios iracundo, del único Dios que existe que es el Dios de la Tormenta, un Dios tronante que de vez en cuando descansa o atormenta a otros. Esos días lánguidos, que en realidad son la contracción previa a la explosión, esos días en que las montañas desaparecen bajo plúmbeos telones impenetrables, esos días contienen una belleza sutil, temblorosa,  frágil a su manera, una belleza mucho más delicada que la contenida en los días radiantes.

Sentaos ante el gran ventanal del salón, el ventanal que da al sur, cada uno en una silla, en silencio.  Sentaos con los ojos quietos, dejando que esta luz tan de Vermeer caiga sobre vuestros rostros, dejando que se pose sobre vuestros rostros. Observad esta lluvia que imagino, esta lluvia que sí aún no está cayendo, sin duda caerá. ¿Cómo es esa lluvia? Qué veis más allá de la valla de brezo, un poco hacia la izquierda, hacia el este, ¿cómo difumina la lluvia los pinos de la cima de la colina? ¿Cae la lluvia o se disgrega o flota ingrávida como un espectro? Definir su condición os permitirá calcular cuánto y de qué manera os mojará, si violenta y firmemente como la ira o lánguida y serenamente como la melancolía. Vosotros, por si acaso, seguid detrás de la ventana, bajo la protección de este tejado, seguid contemplando, si la lluvia cae, en qué dirección cae, si la trayectoria de las gotas es vertical o transversal, si os puede cubrir un paraguas o bien es necesario que toméis una protección adicional, una gabardina o un chubasquero, o bien ninguna protección porque al fin y al cabo terminaréis calados, calados hasta el mismo centro de vuestros calcetines. Y si vais a terminar así, calados hasta el centro de vuestros calcetines, considerad la posibilidad de salir desnudos, o casi desnudos, salir a la calle con unas flip flop y unos calzones, o unas bragas, salir como locos ululando que la lluvia os invita a correr. Y corred, corred bajo la lluvia, bajo la misma lluvia que contemplabais cobijados en vuestro hogar, cobijados como la gente que os mira a través de las ventanas, la gente a quien la lluvia entristece.

Esos dos que corren bajo la lluvia están locos, corren desnudos, dirá uno de los fisgones a quien tenga cerca, a su esposa o a su esposo, a un amigo con el que juega a algún aburrido juego de cartas. El otro se acercará, movido por la curiosidad de contemplar la desnudez de un cuerpo –lleva tiempo sin ver a alguien desnudo, mucho menos tocarlo, es un anciano caduco, fisgón, acabado, cualquiera que sea su edad, quizá tenga treinta y cinco– y ninguno de los dos prestará atención a la trayectoria de la lluvia, a su aspecto ni a sus intenciones. Ellos solo meditarán que el día es deprimente, que nada puede hacerse bajo la lluvia, pero vosotros ya estaréis en el bosque, alejados de esa casa cochambrosa en las que dos ancianos o dos hombres jóvenes juegan a cartas, y ahí podréis observar que a los animales no les importa que llueva, no a algunos animales.

Los animales no padecen por la lluvia y no posponen su planes por ella, no piensan “ya veré a mis amigos cuando mejore el tiempo” o “esperaré a que amaine para visitar el museo”. Ellos abrazan la lluvia y la viven con normalidad, quizá sean conscientes de que los días soleados son accidentes, como la luz es una excepción en medio de la oscuridad. O quizá sepan que el tiempo es escaso, y que aplazar los planes es como dejar para el final la yema del huevo.

Lo mismo podría decirse de la lluvia metafísica, las duchas que caen dentro cuando afuera todo va mal. En los días malos, en el ojo de la mala racha, uno debe seguir con sus planes y evitar lamentarse. Observad, evaluad la forma y dirección, y si las cosas toman la peor forma posible salid ululando y sabiendo que nada disponemos, ni el sol ni la lluvia, pero que siempre podemos comportarnos como locos que se sublevan contra los elementos.

“Creía firmemente que todo el mundo compartía mi pasión por el cielo nublado. Me sorprendió mucho darme cuenta de que algunas personas preferían el sol”. La cita, atribuida a Glenn Gould, genial pianista, aparece al final de la novela gráfica de Sandrine Revel. Se titula Glenn Gould. Una vida a contratiempo y la publicó Astiberri en 2016. Lo tenéis en la estantería, es una obra de arte.

Glenn Gould sufrió un derrame cerebral el dos de octubre de 1982 y murió dos días más tarde. En una noticia publicada el mismo día del incidente, cuando aún el futuro de Gould todavía era incierto aunque se limitaba a 48 horas, la familia declaraba a los medios que ignoraban si sus manos quedarían paralizadas.

Imaginad que la muerte no se hubiera obstinado con él. ¿Glenn Gould habría dejado de tocar el piano?

No lo creo, habría encontrado una manera de evadir el chaparrón, o quizá de entregarse a él, y entonces habría musitado la melodía de manera aún más audible.

Por cierto, de Gould me quedo con la interpretación de las variaciones Goldberg que grabó en 1981. Más lenta, más desnuda que la grabación de 1955.

Se le escucha ulular por debajo del piano con la levedad de una lluvia evanescente.