De la conveniencia de holgazanear antes de salir de la cama

Cualquier persona prudente evitará salir de la cama inmediatamente después de despertarse, en especial si el sueño se ha interrumpido de forma artificial, mediante la alarma de un despertador, la intervención de otra persona o cualquier medio distinto a la saciedad fisiológica. Al contrario, el sujeto recién desvelado debe hacer todo lo posible por mantenerse en la cama tanto tiempo como precise para que “la persona que uno es y que se separó de uno mismo al dormirse” se una de nuevo con su cuerpo.

Pero que la persona que uno es se una de nuevo con nosotros no es en sí mismo el objetivo de holgazanear bajo el refugio de las sábanas –si es que puede considerarse holgazanería la no actividad que sucederá en la cama–. El propósito al que obedece tal aparente no actividad es favorecer el rácord vital, esto es, evitar un salto en nuestra vida entre el pasado –el día anterior– y el presente –el día en el que hemos amanecido–.

Puesto que sois personas atentas, os estaréis preguntando si esto sólo tiene sentido si el sujeto que está en la cama lleva una vida feliz. En parte, sí. Obviamente uno deseará mantener el rácord si el relato de su vida tiende a la felicidad o bien está instalado en una felicidad plena. Si por el contrario uno lleva una vida desgraciada, tal vez prefiera arriesgarse a romper la continuidad de su vida dejando que la suerte determine el presente en el que amanezca. Entonces podría saltar de la cama en el mismo momento de despertarse. Pero si lo hiciera, además de saltar a un nuevo presente estaría jugando al azar, pudiendo ser el presente al que ha saltado aún peor que el presente que le esperaba si hubiera mantenido el rácord; y en ese caso, además, hubiera disfrutado de unos minutos de recreo en el colchón. Si no os permitís un tiempo de vigilia en la cama antes de pisar el mundo estaréis jugando a la ruleta, y así de trascendente es el asunto: quien juega a la ruleta con el rácord vital pierde el control de su vida y lo entrega a la Fortuna.

Tengo por costumbre permanecer en la cama entre cinco y quince minutos antes de pisar el suelo, aunque puede ser más tiempo si el día es festivo. Durante ese tiempo suspendo cualquier pensamiento profundo. Si vuestra madre está a mi lado en decúbito lateral, la abrazo pegándome a su espalda y procuro acompasar mi respiración a la suya y retener su olor corporal, eso me tranquiliza y me da un sentido de referencia. Cuando me canso o ella se deshace de mí, tomo otra postura, generalmente el decúbito lateral opuesto, y hurgo mis cavidades nasales –en invierno suelen contener mocos secos que es preferible retirar– o bien mis genitales que, a esa hora, suelen estar más despiertos que el resto del cuerpo. Todas estas groserías están permitidas en la cama, antes de que uno se levante, porque estando a la espera de que el ser que uno es regrese a nuestro cuerpo no somos, aún, personas completas y no estamos sometidos a las mismas leyes del decoro que una persona absolutamente formada. Somos, en definitiva, un poco animales. Tras abrazar a vuestra madre y habiendo reconocido los recovecos de mi cuerpo, suelo tenderme de cúbito prono para facilitar que la pobre conciencia que habita mi cuerpo me abandone. Quedo entonces en un estado de relajación máximo, próximo al sueño, es una relajación absoluta en la que solo siento el peso de mis pensamientos, que se limitan a observar mi respiración y cómo mis articulaciones y músculos se van aflojando. En estos momentos presiento que somos puro pensamiento, que nuestros cuerpos son interfaces de comunicación con la realidad, pero que al mismo tiempo definen esa realidad. Y que si bien la casualidad quiere que tengamos un cuerpo antropomorfo, bien podríamos tener el cuerpo de un pulpo y entonces la realidad nos parecería muy distinta.

Así, sin buscar pensamientos profundos, de pronto me siento muy cerca de las Lecciones de Metafísica que diera Ortega y Gasset, en las que dijo que el mundo es aquello de lo que estamos seguros, y como yo ya estoy seguro de no ser un pulpo y de haber recuperado el rácord de mi vida, entonces me siento capaz de suspender la holgazanería y levantarme, de afrontar el día sabiendo que lo interpretaré de forma comprensible sin temor, por ejemplo, de ver un refugio en una cueva submarina o una forma de camuflaje en la arena del fondo pelágico.

No siempre es así, sin embargo. En ocasiones, sufriendo una gran resaca, he sido incapaz de mantener el racord vital. Despertarse bajo los efectos del abuso del alcohol dificulta muchísimo volver a ser el que uno era la noche anterior, entre otras cosas porque la noche anterior uno dejó de ser uno mismo y se convirtió, seguramente, en un energúmeno o en una versión locuaz de uno mismo. Hay despertares de resaca que son verdaderas lecciones de metafísica, lecciones terribles en las que uno no se siente seguro, sino todo lo contrario, uno suele sentirse perdido, desesperanzado, con el corazón desbocado y una agria sensación de jamás recuperarse.

Pero también recuerdo una luminosa mañana en la que desperté siendo una versión mejorado de mí mismo. Amanecí sobre el Mar Jónico en la cubierta de un ferry que cubría el trayecto entre Brindisi y Patra. El despertar fue brusco, me daba el Sol en la cara y después de pasar la noche al relente, mecido por el fragor del mar, había perdido por completo la noción de mí mismo. Abrí los ojos sin saber quién era, ni dónde me encontraba y mucho menos sabía hacia dónde me dirigía pero tuve la balsámica sensación de que todo iba bien. Fue un segundo nacimiento y tengo la sensación de que la persona que fui la noche anterior aún sigue en la cubierta de ese ferry, vagando eternamente entre Grecia e Italia, esperando un amanecer que nunca llegará.