Cuarenta aniversario

El día que cumplió cuarenta años se levantó de la cama una hora antes de que amaneciera. La casa estaba oscura y silenciosa, todos dormían, el mundo parecía estar quieto. Observó los árboles a través de la ventana: esqueletos espectrales.

El mundo parecía estar quieto y también muy tranquilo, nadie celebraba su cumpleaños todavía, el día está aún por escribir, pensó, y fue a preparar una cafetera, luego a orinar, luego volvió a la cocina.

El mundo parecía estar tranquilo y la casa, muy quieta. Sólo se escuchaba algún coche, a lo lejos, alguien de camino al trabajo, alguien que había madrugado aún más que él. El mundo estaba ya en movimiento aunque no lo pareciera y él sintió que era un niño, un niño que jugaba a espiar al mundo, un niño que jugaba al escondite. Volvió a mirar por la ventana, parecía más oscuro que antes.

La cafetera silbó, él apagó el fuego, se sirvió un café solo, sin azúcar, y volvió al baño. Se miró al espejo y dejó que el café se enfriara. Se miró al espejo y observó que tenía cuarenta años, la barba despeinada y dos heridas justo debajo de la curva de la barriga, entre el ombligo y el vello púbico, dos pequeñas costras que parecían la señal de una grapa que le hubieran arrancado.

La casa estaba quieta, la cafetera había silbado, todos dormían en sus camas y el mundo estaba ya en marcha. Las cosas ocurren cuando ellas quieren, pensó, como estas heridas tan amenazantes.

Eran dos heridas pequeñísimas, diminutas, pero le dolían. Las toco y sintió que estaban un poco inflamadas, quizá hubiera un poco de grasa enquistada ahí abajo, debajo de las costras, quizá se hubieran enquistado mientras el mundo dormía y la casa descansaba. Quizá.

Ayer tenía treinta y nueve años y hoy tengo cuarenta y dos heridas debajo del ombligo, pensó, dos heridas como las picaduras de un insecto con un aguijón bífido, como la picadura de una araña, o como las marcas de haber tenido una grapa clavada. Quizá cumplir cuarenta años sea esto, pensó, encontrar heridas donde no las tenías el año anterior, heridas pequeñas pero molestas, enquistadas y dolorosas.

El café se enfriaba al lado de la pica del baño y él estaba desnudo ante el espejo. Todos dormían. Percibía la santidad del momento, la soledad, el día por escribir, haber cumplido cuarenta años y que nadie todavía le hubiera felicitado. Se sentó en la taza del wáter, en ocasiones le gustaba tomar el café así, mientras revisaba las redes sociales con el móvil, sentado, desnudo, mientras el día se desperezaba y se dejaba espiar. No vio nada relevante en la pantalla. Bebió el café y volvió a la cocina. Dejó el vaso en la pica.

El día estaba ahí afuera, aún dormido, aún tranquilo, aún sin prisa, tan sólo transitado por algunos que madrugan demasiado. El sol no había salido aún pero él había cumplido cuarenta y se había encontrado dos heridas. De pie, desnudo ante la ventana con la casa a oscuras, la poca luz le cubría el pecho, la cara, la parte frontal de las piernas. Él espiaba las posibilidades del día, las felicitaciones que estaban por venir, empezando por la de su mujer, que le había felicitado ya en la cama, antes que él se saliera de ella, pero que le volvería a felicitar más adelante, en algún momento del día. Se rascó las heridas.

Se rascó y volvió al baño, se paró ante el espejo, echó un vistazo a las costras. Imaginó que se abrirían, que aumentarían su tamaño, que terminarían juntándose. Aquellas dos heridas podían terminar siendo aún más grandes que la boca de un calcetín y él acabaría dándose la vuelta, de dentro afuera, por la apertura. Acabaría en carne viva, cubierto de sangre, más o menos como había llegado al mundo cuarenta años atrás. En eso pensaba mientras se miraba al baño.

Estás un poco mal, pensó, quizá sea eso cumplir cuarenta, la crisis de los cuarenta, imaginar que dos heridas ínfimas son la boca por la que tu cuerpo invertirá su superficie. Sonrió.

El mundo estaba en marcha, la casa aún quieta y todos dormían. Ya se había bebido el café y estaba solo en el mundo. Todo estaba por empezar y él pensaba en sus heridas.

Son tan pequeñas, pensó, sólo dos puntas de alfiler, heridas de cuarenta años, heridas ridículas. Pensó aquello y luego pasó a la ducha, abrió el agua caliente, esperó, acercó la mano. Quizá sea esto, cumplir cuarenta, acercar la mano para comprobar si el agua está fría, imaginar heridas fatales, espiar al mundo, se dijo, y luego dio un paso para quedar bajo el centro del agua que caía de la ducha.

Se quedó ahí, bajo el agua caliente, rascándose las heridas, sintiendo que dolían un poco, lo justo para que él advirtiera su presencia el resto del día, ese día que aún no había amanecido, ese día que era tan tranquilo todavía, tan beatífico.

De pronto escuchó un ruido, un golpe muy sonoro. Cortó el agua, cogió la toalla, se secó, consultó la hora. Se había distraído bastante con sus heridas y empezaba a retrasarse. Aún no había amanecido, el día estaba en marcha, el mundo estaba quieto, él había cuarenta años y aún nadie lo sabía: todos dormían. Afuera, volvió a mirar por la ventana, todo seguía igual. Oscuridad, oscuridad y los faros de algún coche interrumpiéndola a su paso. Hay gente que madruga mucho, pensó, hay gente que madruga más que yo.

Se rascó las heridas, pensó en cuántos años le quedarían por delante. Treinta y tres, calculó, y opinó que no estaba tan mal, que era una buena cantidad de tiempo, sobre todo si cada día madrugaba tanto y podía espiar al mundo mientras se ponía en marcha.

Procuro no escribir con la boca llena.

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