Cocina de Vanguardia

“¿Cocina de vanguardia? Hay quien dice haberla visto. Incluso algunos claman haberla empujado por sus gaznates. Alucinados. ¡Y no son los peores! Los más insolentes la llaman por su nombre. Molecular, tecnoemocional, modernista… Inocentes, no saben qué comen ni qué dicen. Y si le llaman vanguardia es porque ignoran que en la cocina medieval ya se jugaba a difuminar fronteras entre lo dulce y lo salado. ¡Vamos, hombre! Cualquier día se pondrán a esferificar garum y dirán que eso es moderno. Nada, nada, que no existe la cocina de vanguardia. Que lo que hacen en Mugaritz no sabe a nada. Que lo de la “experience” del 41º es una tomadura de pelo. Que Dabiz monta numeritos, más que xhows. Que donde esté una buena materia prima y una elaboración sencilla sobra todo lo demás. Lo dicho, los que afirman que existe la cocina de vanguardia son unos tarados y, a mí, que no me busquen en un restaurante de cocina con ínfulas. Unos callos, eso sí, un estofadito de lentejas, un flan. De toda la vida de Dios. Además, no se come. En esos restaurantes no se come. Aires, humos… ¿Se come? Una mierda pinchada en un palo…”
El monólogo del cuasi sexagenario subía de tono. Temblaba su papada y la vibración desprendía minúsculas placas de colesterol de sus paredes arteriales, futuras obstrucciones en el cerebro, al tiempo que apuraba un puro cuyo humo no le permitía ver más allá de la punta de su nariz.