Clases de natación

El día que Donald Trump ganó las elecciones empecé a tomar clases de natación. Yo, que nunca había sentido apego por el agua, que siempre había mirado de reojo los bordes de la piscina, bordes que consideraba abismos resbaladizos, espejos que en lugar de devolver la imagen de uno muestran la nada más absoluta –la muerte, nunca supe nadar–, empecé las clases de natación ese día, el nueve de noviembre de 2016.

Me lancé a la piscina, en sentido literal y figurado, a las nueve y media de la mañana, después de dejar a los niños en el colegio. Salté al abismo agarrado a una tabla de porexpan azul, con moho en los bordes, de tacto frío y húmedo, el tacto de todo lo que pasa por unas instalaciones deportivas con piscina, esa calidad previa a la babosa que hace tan desagradable los polideportivos con zonas acuáticas, que siempre me han repelido y siempre me han hecho pensar en infecciones de la piel –he oído que hay quien se contagia de moluscos– y en hongos y pies de atleta.

Pero a pesar de todo empecé las clases de natación. Y lo hice precisamente porque yo rondaba los cuarenta y no estaba en forma y porque Donald Trump había ganado las elecciones presidenciales de Estados Unidos, que es como ganar los Mundiales, y se avecinaba una guerra, como la de 1914.

Entre el futuro abismo de la guerra y el abismo del borde de la piscina, me quedo con el segundo, pensé en el momento de saltar. Y salté, salté agarrado al pórex, tratando de describir una trayectoria elegante, de dejar en el aire una parábola que partía de la certeza y caía en una ausencia de aire y una profusión de cloro y moluscos esperando a adherirse a mi piel.

Pero salté. Y salté también porque no estaba físicamente bien y en un futuro en guerra, una guerra entre Estados Unidos y Rusia, por ejemplo, me convenía estar un poco bien para, quizás, poder aguantar una travesía por los Pirineos que me llevase de Portbou a Le Pertus, o una travesía más larga, desde Caldes de Montbui a Lugo, por ejemplo, donde mi esposa tiene familiares, granjeros, autosuficientes.

Salté y toda mi certidumbre era aquél rectángulo inestable y azul, rugoso, albergue de gérmenes, tan parecido a las predicciones electorales de los medios que, en general, habían augurado la victoria de Clinton. Y parecía que ella, me refiero a Clinton, estuviera al margen de la piscina, que estuviera fuera de ella, en tierra firme y segura, pero no. La realidad, testaruda como el agua sobre la roca, se había encargado de empujarla al charco, como se empuja a algunas adolescentes que celebran un cumpleaños, amigas de mis hijos, y que se pasean por el borde de la piscina con grandes aspavientos, suplicando precisamente que no las empujen.

El impacto con el agua fue brutal, poco elegante, poco plástico. Un fracaso artístico. Como parábola, no funcionó. Funcionó, eso sí, como chapuzón, y como inicio del pánico más absoluto, de un pánico mezclado con burbujas y con ese ruido indescriptible, ese ruido subacuático que tranquiliza a algunos, quizá les recuerde a una felicidad uterina y atávica, pero que a mí me preocupa, porque no puedo describirlo y porque es el ruido del caos, el ruido de Trump.

Pero ya estaba en el agua y ahí empezaba todo, empezaba a ponerme en forma, a prepararme para una eventual Tercera Guerra Mundial. Si llegase la barbarie, me encontraría en bañador, asido a un rectángulo flotador mohoso. Y tal vez la barbarie se reiría de mí, por el atuendo y, en especial, por el gorrito de baño, tan ridículo, y tan inútil cuando lo lleva alguien calvo, como yo, alguien que ya no puede perder más cabellos porque los ha perdido ya en la piscina de la vida –no como Trump–, ese otro caos en el que la Clinton se cree espectadora de los toros desde la barrera, o de los nadadores desde la grada, de los nadadores que luchan por sobrevivir a una solución de cloro, oxígeno e hidrógeno. Y, fíjate, la pilló el toro, el toro de Trump.

Sumergido en el agua, aferrado a mi repugnante y mínimo salvavidas, yo no dejaba de pensar en el incierto futuro que me esperaba fuera de la piscina, en cuanto pasara la hora de la clase de natación, en cuanto la monitora, que vestía en chandal y que nos azuzaba a golpe de silbato, nos permitiera salir del agua. De este maldita agua que precedía a la ruina del mundo.

Procuro no escribir con la boca llena.

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