Algo huele a podrido en Gastrolandia

Además del atropello a los derechos laborales que tanto costaron conquistar a las generaciones que nos preceden, el caso Azurmendi ha puesto de manifiesto que el sector de la gastronomía es débil, servil y corporativista.

Como si alguien nos hubiera arrancado las máscaras, esta semana hemos visto como se hacían realidad las acusaciones de complacencia que en los mentideros de Twitter y en petit comité suelen hacerse a la prensa gastronómica. Si bien es cierto que a partir del artículo podía costar un poco tomar partido por los stagiers –el texto se sustentaba en tres únicos casos–, lo elegante hubiera sido dudar.

Pero el grueso de la prensa gastronómica española reaccionó actuando en contra de aquella máxima que dice que periodismo es publicar aquello que alguien no quiere que publiques, y cerró filas alrededor de Atxa.

La poca capacidad de autocrítica de un sector es un signo de su debilidad. Pero, además, la prensa especializada no debería formar parte del sector sobre el que escribe sino que debería situarse en las afueras, actuando como barrera de contención, como marcador ético, si se me permite. Quizá la connivencia entre periodistas y cocineros ha llegado demasiado lejos. En algunos casos –me incluyo– se han forjado relaciones que van más allá de lo profesional y que nos hacen perder la objetividad.

No menos vergonzoso es el servilismo con el que han actuado algunos. Medios que proclaman su fidelidad ciega al restaurante –¿qué credibilidad les podremos dar a partir de ahora?–, importantes empresarios de la gastronomía encontrando justificaciones muy neoliberales y editores con evidentes conflictos de interés creando hashtags de solidaridad con el cocinero, son flagrantes ejemplos de fraternidad mal entendida o quizá una deliberada estrategia comercial. Lo prudente hubiera sido mantener a raya la simpatía. No hacemos ningún favor a los restaurantes que tratan bien a sus stagiers defendiendo lo indefendible

Caso aparte son los espaldarazos entre cocineras y cocineros. Quizá sean más comprensibles desde un punto de vista humano y, al fin y al cabo, su profesión no les obliga a comunicar con cierta destreza. Pero resulta difícil creer que todos ignoran lo que sucede en Azurmendi –y posiblemente también en otras casas– y que su reacción ha sido honesta y no un intento de tapar sus propias miserias.

Es también el miedo el que aconseja a los periodistas mirar hacia otro lado y hacer como si la cosa no fuera con nosotros. Miedo a aparecer en listas negras, miedo a que nos cierren puertas y oportunidades profesionales, miedo a sentirnos incómodos en determinados eventos.

Pero lo que debería alarmarnos de verdad es que los derechos laborales estén siendo pisoteados. Ante eso podemos levantarnos y denunciar o bien ser unos cobardes pusilánimes, cómplices del abuso. Lo segundo solo servirá para debilitar a un sector que amamos.

Valiente es quien se queda solo bajo la tormenta cuando todos los demás se han llevado los paraguas.