Una metáfora fallida

Cursaba séptimo, tendría diez años, y escribí que la chica volaba por el campo. Me había picado el bicho de leer, porque quería parecerme a mi amigo Oriol, que leía cosas de mayores, y, cuando te pica, el bicho de leer suele inocularte las ganas de escribir. El año anterior, sería sexto, había ganado un premio de redacción con una crónica en la que contaba el regreso a las aulas después del recreo. Contaba que me había quedado mirando un escarabajo que había quedado patas arriba en las escaleras que salían al patio de los plataneros. El escarabajo pataleaba intentando ponerse en pie, pero no lo conseguiría, y en eso se basaba mi redacción con la que gané el premio. Creo que quería ser escritor, ambición ridícula en alguien de diez años, y por eso había escrito que la chica volaba con su bici por el campo, sobre la hierba. Hoy recuerdo perfectamente a la chica, la bici y el campo aquél. Estaba orgulloso de la metáfora pero la profesora de lengua castellana no la valoró como a mí me hubiera gustado –no me aplaudió– y señaló la expresión en rojo. En un margen escribió que las bicicletas no volaban, si acaso rodaban o corrían. Me hirió de literalidad.