Nada de nada

El pueblo se degradó poco a poco, como una pared comida por la humedad.

Tuvo que pasar un tiempo para que alguien dijera, creo que fue Dori, la mujer de José María, que la huerta no parecía tan fecunda y prometedora. Su marido la miró extrañado, porque ella nunca se había referido a la huerta en esos términos. Nunca, por ejemplo, después de plantar el puesto en el mercado semanal, había alzado la voz para decir: «¡Contemplen los frutos de nuestra huerta, fecunda y prometedora!». Su reclamo solía ser más parecido a: «¡Mira qué tomates, nena!». Y era una pena, pensó José María, porque era bonito aquello de la huerta prometedora. Cuando uno se levanta tan temprano para sembrar coles o arrancar patatas o remolachas, prefiere hacerlo creyendo que el suelo en el que hunde las manos es prometedor, y no la amalgama de tierra y estiércol que es, al fin y al cabo, y que aún lo era más desde aquella mañana en la que Dori se refería a la huerta en términos extraños: «ya no es el lecho de vida que fue».

José María miró por la ventana hacia la huerta y le pareció que aquella mañana, efectivamente, el campo parecía una montaña de tierra y boñigas de caballo.

— ¿Lo ves, José María? Parece que un batallón de húsares haya cabalgado sobre los calabacines.

Aquella misma tarde, durante el debate sobre, precisamente, el estado de las huertas —corría el rumor de que existía un plan para construir en ellas un parking público— el gallego Fariñas preguntó a José María por su mujer.

— ¿Cómo está tu señora? —dijo Fariñas, cambiando de golpe la conversación. Y bajando mucho la voz, añadió— Hoy cruzó la plaza como si llevara la niebla dentro.

Todos miraron a José María, que no sabía qué decir. Aunque lo que a nadie se le escapó fue ese tono taciturno que tomó Fariñas y, sobre todo, esa expresión, esa mención a una niebla interna, esa forma de hablar tan rara en él, hombre de campo, como todos ahí, conocido por sus desvaríos, por intentar sacar adelante con éxito una granja dedicada al cultivo de grelos en esa huerta mediterránea, empresa fallida que denotaba su insensato optimismo, tan ajeno al tono nebuloso que había usado, nebuloso como el paso de Dori por la plaza o la melancólica mirada sobre la huerta de José María esa mañana.

— Cuando amaneció, le pesaban las alas, y parecía incapaz de sacudirse el frío —contestó José María.

Primero fueron las mujeres, pero poco a poco todos en el pueblo empezaron a andar por las calles incapaces de sacudirse un frío inasequible para los visitantes, inasequible porque aún era verano.

Lo que sí podía sentir cualquier persona foránea era un funesto humor general. Andaban todos arrastrando los pies, adelantando el otoño.

El desasosiego y la dejadez se extendieron como un manto grave y lento, y nadie se dio cuenta.

— Y sobre todo, hablan muy raro —nos dijo nuestra hija desde el asiento trasero cuando regresábamos a la ciudad, después de pasar unos días en el pueblo.

Era cierto que, desde hacía unas semanas, la gente había cambiado su forma de hablar. Quizá ellos no se dieran cuenta, pero nosotros, que visitamos el pueblo de vez en cuando, notamos que no hablaban de la forma que solían hacerlo, que no hablaban como campesinos.

— Y, además, estamos alargando la tertulia. Y todo el pueblo se ha sumado, incluso los del Ayuntamiento, que han paralizado el proyecto del parking público. Y ya no hablamos de eso, claro, estamos debatiendo ahora cuál es la función de la Literatura —me dijo José María por teléfono—. Hay dos grandes grupos, los que defienden que sirve para explicar la realidad y otros, más radicales, que defendemos que la Literatura no debe servir para nada en absoluto. ¿No te parece que, hoy en día, lo más radical es dejar de ser productivo? ¿Que hay que ser inútil?

No supe qué contestar, pero aquella misma noche, durante la cena, propuse volver al pueblo cuanto antes para averiguar qué ocurría. Todos convenimos, también la peque, que debíamos volver.

Y volvimos. Volvimos ese mismo fin de semana, volvimos porque queríamos saber qué ocurría. Volvimos y antes llamé a José María, para pedirle que nos encendiera la calefacción.

— No puedo —me dijo—, no puedo porque no tengo ganas de hacer nada. O, mejor, porque de lo que tengo ganas es de hacer nada. Quiero hacer nada y para hacerlo lo mejor posible ni siquiera puedo ir a tu casa a encender la calefacción.
Cuando llegamos, la casa estaba helada, y la despensa, vacía. Siempre dejábamos algunas provisiones: una caja de macarrones, una lata de salsa de tomate, aceite, bricks de leche, galletas. Pero no estaban.

Llamé a José María, el único que tenía llaves además de nosotros, para pedir explicaciones. Pero no me cogió el teléfono y cuando salí a buscarle tampoco le encontré en su casa. De hecho, cuando salimos de casa no nos cruzamos con nadie por la calle: el pueblo estaba desierto. No vimos a nadie hasta que llegamos al Casinet, el bar del pueblo, donde nos encontramos con todo el mundo. Estaban todos, separados en dos grandes mesas de unas cincuenta personas cada una. Cuando llegamos, el gallego Fariñas dirigía a la otra mesa un enérgico discurso del que poco pudimos oír: se calló Fariñas y todos nos miraron.

— Deben tomar partido —dijo Fariñas—, ¿están ustedes con ellos o con nosotros?

No supe muy bien qué contestar, pero como José María me enviaba un saludo desde la otra mesa, le expliqué a Fariñas lo mejor posible que, claro, que yo estaba con mi amigo José María, aunque no sabía muy bien de qué se trataba todo eso.

— Esto se trata de que llevamos unos días sin poder sacudirnos el frío de las alas —dijo Fariñas.

— Y, además, andamos con la niebla metida dentro — añadió José María, desde su mesa, la mesa que en adelante sería también nuestra.

Ambos parecían muy apesadumbrados. Ellos dos y el resto de contertulios, es decir, todo el pueblo.

Averiguamos que el pueblo estaba sumido en una tertulia, muy cortés, que lo paralizaba todo. Era una discusión amable, todo el mundo usaba las mejores palabras para defender sus posiciones, fueran las que fueren, y la cosa no iba a más, pero la discusión era también grave y melancólica. Todo el mundo hablaba de literatura, contraponiéndola a la vida, de huertas prometedoras contra estercoleros, de utilidad e inoperancia.

— ¿Y no ven que así el pueblo acabará en una inoperancia total? ¿No ven que lejos de llegar a una conclusión, acabarán prolongando esta discusión inútil? ¿No ven que acabaran ustedes dándole la razón a la mesa de José María? ¿Que este debate es radicalmente inútil? —dije al cabo de una hora de escuchar argumentos en un sentido y otro, una hora en la que a mi mujer, a mi hija y a mí nos resultó imposible conseguir un triste bocadillo porque nadie estaba dispuesto a prepararlo ni a dejarnos prepararlo a nosotros.

Un murmullo se adueñó del Casinet y, al cabo de unos segundos, todos se levantaron de su silla y volvieron a sus casas.

Antes de irse, José María me dio las gracias por las galletas y los macarrones, y así terminó la noche.

Pasamos el resto del fin de semana observando a la gente, comprobando que todo lo que hacían era andar por la calle sin rumbo, con un aire frío y brumoso, de una bruma que les brotaba de dentro, porque afuera todavía era verano.

Pasé un par de días preguntándome si todo aquello no sería un montaje. Me decía que podía suceder que los vecinos se hubieran puesto de acuerdo para fingir aquella tertulia paralizante y sin sentido de la misma manera que una vez al año acordaban representar un pesebre viviente infumable o una rúa de Carnaval bastante lastimosa, que sólo servía para poner de manifiesto la incapacidad de los habitantes de aquél pueblo de la Cataluña rural para emular las habilidades de las bailarinas de Río de Janeiro. Y es que uno no entendía, me decía yo cada Carnaval, la manía que tenían de representar en los remolques que tiraban los tractores la playa de Copacabana con porexpan pintado y cintas de plástico. Y desde luego no entendía la manía que tenían los hombres del pueblo, otrora felices, de travestirse de brasileñas y tratar de mover las caderas –el culo– al ritmo de la música, como ellas.

Lo cierto es que nunca había entendido un montón de cosas que sucedían en el pueblo pero solían ser cosas puntuales, no como aquella sombra de inutilidad que se había cernido sobre las huertas primero, y sobre las mujeres y los hombres después, y que no tenía ningún asomo de desaparecer.

Al tercer día, miércoles, aprovechando que la agenda de la oficina me lo permitía, volví al pueblo. Quería volver sin que ningún paisano lo supiera –no llamé a José María para no ponerle sobre aviso y porque sabía que si le pedía algo me diría que no quería hacer nada– para sorprenderles, para desenmascarar un posible simulacro de radical inutilidad.

Pero no fue así. Lejos de encontrarme un pueblo simulando ser algo que no era, lo que vi confirmaba una inutilidad arraigada: ni un vehículo circulando –sólo el mío–, los comercios cerrados, contenedores rebosantes de basura, perros merodeando, incluso un jabalí en medio de la calle Mayor. Le espanté con un golpe de claxon.

Aparqué y me dirigí al Casinet. Supuse que ahí estarían todos, celebrando la tertulia que los tenía paralizados.

La estampa que encontré esta vez fue un poco distinta: en lugar de hallarlos enfrentados en dos mesas, el pueblo se había arremolinado alrededor de Meritxell, la dueña de la panadería. Ella dirigía el discurso en esa ocasión, un discurso muy encendido en contra de la amasadora que empleaba en su obrador.

— Estaréis de acuerdo en que es una máquina infernal —dijo. Y levantando el puño y la voz, añadió:— Tan infernal como vuestros tractores, tan monstruosa como los automóviles.

Cuando entré, Meritxell me dirigió la mirada e intentó hacerme partícipe.

— ¿Qué opinas tú? Al fin y al cabo, resolviste nuestra última discusión.

Le expliqué a Meritxell, y por añadidura al resto, que como la vez anterior ignoraba de qué narices estaban hablando, y me pusieron al corriente. Discutían la conveniencia de asumir los principios del ludismo y todos, salvo Dolores, la viuda de Joaquín, el del taller mecánico, parecían convencidos de la idoneidad de declararse pueblo libre de máquinas. Meritxell insistió:

— ¿Cómo lo ves? ¿Cómo lo ves tú que vienes de la ciudad, donde viven las máquinas?

De nuevo, no supe qué contestar pero todos estaban pendientes de lo que fuera a decir y se hizo un silencio atenazante. Al fin, después de unos segundos en los que simulé elaborar algún razonamiento, dije lo primer que se me pasó por la cabeza.

— Si habéis decidido ser inútiles quizá sea coherente acabar con las máquinas. Al fin y al cabo sólo sirven para ser más productivos.

El miércoles abandoné el pueblo tan pronto como me fue posible. Después de largar mi majadería ludista los vecinos del pueblo acordaron abandonar el uso de cualquier tipo de máquina y destruir todas las que pudieran. Salieron del Casinet hechos una marabunta y empezaron a zarandear los coches aparcados en la calle. Cuando volcaron el primero corrí hacia el mío y me largué. No quería perder el coche y, desde luego, no quería quedarme aislado en el pueblo. Le temía a la niebla interior, al frío inasequible. Le temía como a la gripe, me horrorizaba la idea de que pudiera contagiarme y que pudiera, por extensión, contagiar a los demás, contagiar a toda la ciudad.

Y hoy he mirado las grúas que operan sobre las obras del interior de manzana del Ensanche y he pensado que ya no parecen los brazos de un insecto gigantesco y afanoso.

— Lo ves, las grúas ya no parecen los brazos de un coleóptero hacendoso — he dicho a mi hija. Y ella ha mirado a través de la ventana con cierta melancolía, con cierta mirada de no querer hacer nada. Nada de nada.