La caja amarilla

El gato se había quedado con su caja amarilla. La caja amarilla que había defendido, no es un decir, con uñas y dientes. Por fin era suya, su pequeña caja amarilla de cartón. Cabían más gatos, dos o tres más, pero los fue expulsando paulatinamente. Primero había puesto al gato blanco y al gato marrón en contra del gato negro. Les dijo, a Blanco y Marrón, que ellos habían visto primero la caja amarilla, que la caja era suya. Era cierto, Negro había llegado a la caja amarilla después de que la lluvia hubiera deshecho su caja roja de cartón. Se quedó sin caja, el gato negro, y buscó un rincón en el que acurrucarse mientras Gris y Marrón andaban por ahí cazando moscas. Solo el gato blanco ocupaba la caja y Negro se hizo con su rincón. Olía a otros gatos pero siempre huele a otros gatos en todas partes, ¿no es así? Y se durmió. Gris y Marrón pusieron todo tipo de objeciones cuando regresaron a la caja amarilla. El espacio reducido, el fuerte olor de Negro, la ocupación de la esquina, en la que solía acurrucarse Gris. Blanco no supo qué decir ni pretendió defender al recién llegado y Negro cambió de lugar pero no abandonó la caja amarilla, ¿a dónde podía ir? Gris aguantó un par de días pero aunque cabían y el calor era agradable, la caja amarilla iba deteriorándose, vencían sus paredes y se reblandecía el cartón amarillo con la humedad de las cuatro respiraciones. Aquí solo cabemos tres, dijo Gris, estábamos mejor antes, Negro debería largarse, al fin y al cabo no pertenece a nuestra caja amarilla. Y Marrón y Blanco se convencieron y expulsaron a Negro o, mejor, le impidieron regresar una vez que Negro salió por ahí a cazar moscas. Recuperaron cierta holgura. Y pasaron un par de días. Pero Gris no podía olvidarse de la debilidad de Blanco, algo tenían que hacer con él, un escarmiento, decía Gris a Marrón, quién sabe qué ocurriría si volvían a dejar solo a Blanco. ¿A cuántos gatos dejaría pasar? Blanco no era de fiar, decía Gris, así uno no puede ir a cazar moscas tranquilo, y eso le decía Gris a Marrón quien se fue convenciendo de expulsar a Blanco de su caja amarilla. Así lo hicieron. O mejor, aprovecharon que Blanco había salido a cazar abejas, hasta en eso era raro, para no permitir que volviera a entrar en la caja amarilla. Nada más supieron de él y Gris y Marrón se dividieron la caja amarilla en dos anchas mitades. Pero Marrón empezó a sobrepasar su mitad. Unos días era el extremo de la cola y otros se confundía y quedaba dormido en la mitad de Gris. Es intolerable, se mezclan de nuevo los olores, esto se llena de pelos marrones y, además, el suelo de cartón está tomando las oquedades de su tripa y de sus patas y mi tripa y mis patas no encajan bien ahí. La pelea fue a diente y zarpa. Marrón exigía lealtad, habían sido aliados, la caja amarilla les correspondía a partes iguales y no renunciaría a su mitad. Pero mientras Marrón argumentaba recibió un zarpazo en el ojo. Gris nunca supo más de él. Había sido bueno compartir la caja amarilla, pero por un tiempo. La caja le pertenecía ahora y así tenía que ser porque, al fin y al cabo, los hechos se habían impuesto así. Si tuviera que ser de otra manera él abandonaría la caja pero, ¿qué podía hacer si la caja amarilla le pertenecía? Y ahí estaba a sus anchas pero no muy bien porque había una cosa que no acababa de resolver y no saldría de la caja hasta encontrar la solución. ¿Si salía a cazar moscas, quién impediría que otros gatos ocupasen su caja, su caja amarilla?