Enigma: una crónica sentimental

Después de leer este artículo de Pau Arenós pienso que no hace falta escribir nada más sobre la apertura de Enigma. Unos días antes lo contaron otros; con bula o ignorando deliberadamente la petición de retener las publicaciones hasta el día 3 de enero, fecha oficial de apertura; y dentro de poco lo contarán otros muchos, seguro, pero la crónica de Arenós recoge todo lo necesario.

Sin embargo, escribo: al fin y al cabo llevo esperando cuatro años para escribir.

Conocí a Albert Adrià en enero de 2013. Aquél mismo día me contó que iba abrir un montón de restaurantes, uno de ellos sin nombre, pero con símbolo: ‘?’. Lo mío con Albert fue un flechazo, me sedujo todo de él: su determinación, su cercanía, su clarividencia. En ocasiones pienso que es una de las personas que más me han inspirado últimamente.

En cuanto me contó que construiría lo que ha terminado siendo ElBarri, entonces Albert quería completar la obra en un sólo año, supe que lo conseguiría y que iba a ser algo grande. Me enganché a su historia.

Cuatro años han pasado ya. Y me pregunto por las prisas en adelantarse a publicar, ¿por qué? ¿Para ser el primero? ¿El primero en qué?

Enigma, aquél ‘?’ que ha dado tantas vueltas, aún no está resuelto. Todos los restaurantes de Albert cambian a una velocidad apabullante hasta tomar una forma casi definitiva.

Lo que se escriba ahora de Enigma será todo lo que se pueda escribir hasta ahora, nada más. El enigma es cómo acabará siendo.

Cuando hace unas semanas Albert me invitó a conocer el restaurante me sentí privilegiado. La cita era el día 23. “Per començar a celebrar el Nadal!”, me dijo. Estuve ansioso toda la semana previa.

Conté los días. Había visitado Enigma durante la construcción, conocía el espacio cuando era un espacio vacío, había visto alguna foto insinuante, sobre todo las que el mismo Albert publicó durante el desarrollo de la carta. Ansiaba ir a Enigma también para volver a ver a Oliver Peña cocinando, a Marc Álvarez detrás de la barra, a Cristina Losada al mando de la sala y la bodega. En una ocasión, Albert me dijo: “el talento llama al talento”. Mis expectativas eran muy altas.

Y llegó el día.

Lo que ocurre dentro de Enigma ya lo ha contado Pau Arenós. Publicar fotos o nombrar los platos en mi blog personal me parece desconsiderado –porque saqué unas fotos terribles y porque el factor sorpresa se arruina–. Tratar de juzgar lo que ha creado Albert Adrià y su equipo sería pretencioso: saben de gastronomía muchísimo más que yo.

Sólo hacer notar la  impresionante habilidad de los cocineros y bartenders para que el comensal no perciba la complejidad de las preparaciones –tampoco puedo dejar de hacer notar la maestría de Marc Álvarez, inventando cócteles clásicos futuristas–.

Callo y me asombro. Y disfruto mucho. De la comida y de la experiencia. Porque aquí sí toma relevancia la experiencia, tan pretendida en lo gastronómico.

Enigma no es un restaurante. O no es sólo un restaurante. Son muchos restaurantes en uno. Y también es un ejercicio que replantea el concepto de ‘restaurante’: la sala, la bodega, la cocina, el bar.

De alguna manera, desde mi humilde punto de vista, Enigma inaugura algo que ya apuntaba 41º Experience: la categoría de postrestaurante. Aunque esto también lo ha escrito Arenós.