El Procès contra Ayela

La entrada a Barcelona era, como de costumbre, fastidiosamente lenta. Uno puede tardar veinte minutos desde, pongamos, un pueblo a treinta kilómetros de distancia y dilatarse media hora en vencer los cuatro semáforos encadenados que dan la bienvenida a los conductores que pretenden circular por la urbe. Media hora para recorrer quinientos o setecientos metros. Y, además, llovía a raudales.

Esa tortuosa entrada a Barcelona, suerte de retención permanente, de trampa del tiempo, me hizo pensar en la docilidad del ser humano socializado y en la habilidad del sistema para frustrar sus rebeliones incluso antes de que sucedan. Aquel embotellamiento, aquella mermelada de tráfico, que dicen los anglosajones, era pretexto suficiente para que los millares que entran a diario a Barcelona en automóvil se sublevasen y pidieran la cabeza de los responsables administrativos y políticos. Pero nunca ocurre nada. El sistema nos ha reducido a un rebaño de automóviles y nos ha entregado un claxon para que podamos desahogarnos.

La lluvia, insistente, no hacía más que acentuar el hastío de verse preso en un automóvil que estaba preso, a su vez, en la entrada más fea de Barcelona, la entrada de la Meridiana, que es horrible. Ahí, atrapado y bajo la lluvia, hice todo lo que podía hacer para divertirme: sintonicé Radio Cat Punt Cat.

Conecté con la tertulia de la mañana que dirige Mariona Ribaster con la misma curiosidad de todos los días, y es que había inventado un juego de azar en el que ganaba si la primera palabra que escuchaba en Els Matins de Ribaster estaba relacionada con el Procès que debía concluir con un referéndum sobre la soberanía de Cataluña. Salía victorioso ocho de cada diez veces.

Aquella mañana de tediosa parálisis automovilística, solo un poco más tediosa que otras mañanas parecidas por la lluvia tan lenta que nos caía encima, gané de nuevo. La primera palabra que había escuchado había sido “constitucional”, que si bien podría no haberse referido al Procès, sí lo hacía.

Parece ser que no era constitucional, o que no tenía la apariencia de serlo, que el Estado Español prohibiera a Cataluña recaudar determinados impuestos, estrategia fiscal que, según los partidarios de la independencia aceleraría la secesión pero que era un disparate para sus oponentes, contrarios a la separación.

Señalar que la parte más divertida de mi juego privado ya había pasado, porque se reducía al instante preciso en el que escuchaba la primera palabra de Els Matins, y que las opiniones de los invitados de la Ribaster me interesaban más bien poco porque el Procès, como relato, había empezado a aburrir tres capítulos atrás, sería una obviedad, pero es así; solo mantuve el dial porque el tráfico se puso en movimiento.

Avanzó el tráfico y permaneció la lluvia, y la frustración entre las personas encerradas en los automóviles aumentó, porque no podía hacer otra cosa que prosperar el desaliento en una mañana tan gris y eterna como esa. Uno miraba por la ventanilla y lo que veía alrededor, en el interior de los otros coches, era parecido a lo que sentía dentro de su propio automóvil. Resignación, sumisión.

Tal vez por contraste, o quizá por el optimismo incombustible de los tertulianos de Els Matins de Ribaster, el Procès era lo único que parecía avanzar esa viscosa mañana de atasco monumental. A pesar del conflicto, o precisamente gracias a él, al fin y al cabo los conflictos son los motores de cualquier relato, incluso de los malos, el Procès avanzaba a la velocidad prevista y solo una intervención desde el Más Allá podía frenarlo.

— Hay una mujer a tu lado— dijo de pronto la Ribaster con un acento muy tropical—. Una viejita de pelo blanco.

Eché un vistazo a la pantalla de la radio. En lugar de aparecer Radio Cat Punt Cat, las letras rojas mostraban el nombre de otra emisora, Éxito FM.

— Es una mujer igual que tú— continuó la Ribaster tropicalizada —, ¿sabes quién te digo?

Una vidente, más tarde descubriría que se llamaba Ayela, había interrumpido a la Ribaster, al Procés, al tedio del tráfico, a la lluvia y podría decirse que a Cataluña entera. Ayela, al teléfono, consultaba su tarot para alivio de una tal Pilar, que le había consultado por un mal de amores. ¿Seria aquello una vulgar interferencia radiofónica o era la temida injerencia desde el Más Allá que acabaría con el Procés?

Seguía lloviendo y el tráfico parecía empeñado en que nadie llegase a su destino a la hora que hubiera previsto, y volvió la Ribaster que, ajena a las prácticas adivinatorias de Ayela, dirigía la conversación al tema de las infraestructuras.

— ¿Creuen que hi ha un dèficit en infraestructures a Cataluña?

Los invitados a Els Matins, que bien podrían ser una sola persona porque el pensamiento era común, con muy pocas aristas, opinaron largo y tendido sobre el tema y concluyeron sin sorpresas que España le debía a Cataluña mejores infraestructuras. Y que esa deuda era una forma de someter a Cataluña en particular y al resto de naciones perimetrales de España.

— ¡Es mi abuela! —exclamó Pilar. — Era igual que yo, el mismo carácter.

— Ella te ha puesto delante a ese Capricornio para liberarte — respondió Ayela.

— Ay, Ayela, qué bien me tiras el tarot, hija.

Volvió la Ribaster, que dio paso a los oyentes, y la primera llamada puso de relieve la intromisión de Ayela.

— Escolta Mariona, que heu fitxat una vident? — preguntó Lali, desde Súria.

Ignoro que contestó la Ribaster. El tráfico avanzó unos metros más bajo la monótona lluvia plúmbea. El tráfico se detuvo de nuevo. Y sonó una sintonía de Éxito FM, una bachata muy breve cantada con voz chillona: “Éxito oh, oh. Éééééxito Fm Éxit oh!”.

Pero el tráfico se detuvo. La lluvia continuó. Pilar supo que aquél Capricornio estaba ahí para liberarla. Y lo único que se movía era el interminable Procés, que cada mañana se repetía a sí mismo como un gran atasco del que solo podríamos salir con la ayuda de una fuerza sobrenatural. Tal vez Ayela.