Visión de un pájaro

El pájaro se posó sobre la valla de la linde con el vecino a mediodía, se mantuvo ahí unos segundos, voló de nuevo al bosque. Era un pájaro hermoso: rosado, las alas azules, cabeza blanca y cola negra; del tamaño de una tórtola grande. Lo vi solo un instante.

Quise contarle a alguien que había visto al pájaro. Me hubiera hecho feliz compartir su imagen: las plumas de color rosa palo del pecho, las alas tan vistosas. Pero estaba solo y el pájaro ya se había ido, estuvo muy poco tiempo sobre la valla.

El pájaro se había ido y se había llevado su imagen. Pero guardé su recuerdo para compartirlo con alguien, alguien que viniera más tarde. Le contaría a alguien mi recuerdo del pájaro, y de alguna manera el pájaro seguiría allí, sobre la linde, posado sobre sus frágiles patas negras, moviendo la cabeza a derecha e izquierda. ¿Qué le llamó la atención?

Pero el pájaro se había ido y nadie llegaba. Yo estaba solo con el recuerdo del pájaro, aquél pájaro hermoso del que ignoraba el nombre –no sé nada de pájaros, reconozco apenas las palomas bravías, las tórtolas, las urracas, los cuervos, los mirlos y las golondrinas, poco más–.

Me hubiera gustado que regresara y retenerle de alguna forma. Atrapándole sin herirle para  compartirlo, para contemplar su plumaje con alguien, pero yo estaba encerrado, tras la ventana, nadie a mi lado.

Nadie, solo yo, vió el pájaro aquél. El resto del mundo ignoraba sus colores, su forma de posarse y de alzar el vuelo, su canto –yo también ignoraba su canto, durante los segundos que estuvo posado, no emitió sonido alguno–.

¿Era aquél pájaro solo para mí? ¿Había volado hasta la valla para que yo lo viera, para que le pensara, para que almacenase su imagen?

Ha pasado ya una semana y el pájaro no ha vuelto. Pero tampoco se ha ido y en cualquier momento le contaré a alguien que durante unos instantes, el pájaro más bello del mundo se posó sobre una valla, delante de mí. Solo para mí.