A la vanguardia del retroceso

Nu feminin avec les jambes étendues, Egon Schiele, 1914

Lo que está ocurriendo en España – la condena a Valtonyc, el embargo de Fariña, la retirada de la obra de Santiago Sierra en ARCO…– y en el resto del mundo –la propuesta de retirar Thérèse Dreaming del MET, la polémica suscitada por la publicidad del centenario de Schiele, el debate sobre Lolita– es un tremendo retroceso, un retroceso pavoroso.

Pero sucede que en España la situación ya no es un proceso de involución. Aquí ya hemos llegado al destino. Aquí se ha consolidado una estrategia política de dominación desarrollada desde el franquismo y hasta hoy mismo.

Nuestro país ha invertido recursos y fuerzas para crearnos ignorantes. Somos una sociedad preparada para resolver cuestiones necesarias para seguir funcionando –sabemos interpretar análisis médicos, construir canalizaciones para que el gas llegue donde queramos, levantar edificios…–, pero mientras alcanzábamos competencias funcionales, perdíamos –nos hacían y nos permitíamos perder– capacidad de pensamiento crítico.

La estrategia de la ignorancia ha transformado la cultura en entretenimiento, despojándola de valores críticos y éticos y devaluando el papel de pensadores e intelectuales para señalarlos como exaltados antisistema.

Lo que hemos visto en España durante esta semana que aún no ha terminado no son ataques a la libertad de expresión. Lo que hemos visto es la materialización del desprestigio cultural, hemos sido testigos de la consolidación de un proceso que ha lubricado los mecanismos mentales de jueces, galeristas y de muchos otros ciudadanos cómplices para justificar la persecución y secuestro de la expresión artística.

Como país, estamos a la vanguardia del retroceso cultural global. El panorama es desolador y no sólo en lo que afecta a la creación cultural, también lo es en lo relativo a la cultura cotidiana. La masa crítica se diluye. Se alimenta la brutalidad. Se han borrado del día a día la amabilidad, la estética y la consideración.

Nos están convirtiendo en sumisos con referentes culturales dóciles y pacatos. Como sociedad estamos, literalmente, perdidos, ágrafos y estupidizados.

El presidente del país más poderoso del mundo insinuó ayer que tal vez los profesores debieran impartir clases armados. Es decir, transmitir cultura con una pistola en el cinturón. Lo hizo, además, mostrando una falta de humanidad absoluta, después de que un padre cuya hija había sido asesinada en la balacera del instituto de Florida le preguntase cuántos adolescentes más tenían que morir para que el gobierno solucionara el tema.

El día que la sugerencia de Trump se haga realidad matarán definitivamente a la Cultura. Habremos llegado ahí agónicamente, habiendo perdido por el camino la capacidad de pensamiento crítico, la única arma con la que podríamos haber combatido.